Vampiro

Rincón Dominicano 2 octubre, 2011
Vampiro

Vampiro

Dr. Vicente Correa

Esta es la historia de vampiro, un tenebroso personaje policial de los años setenta, conocido ampliamente por los estudiantes universitarios, específicamente los de la UASD.

Me atrapó una vez y me aterrorizó. No sabía que me atraparía en una segunda ocasión, siendo ya médico.

Ese año de 1975, constituyó una época en que las manifestaciones estudiantiles constituían importantes fenómenos de masas. La gran mayoría de los estudiantes se integraban, de una forma u otra, al movimiento estudiantil. La universidad estatal representaba el principal estandarte de lucha contra el régimen de los doce años del presidente Joaquín Balaguer.
Luchaba por un aumento en su presupuesto petición eternamente negada. La mencionada lucha,- es obligatorio afirmarlo- también servía de soporte para desahogar todo el ímpetu antibalaguerísta y anti-imperialista de aquellos días.

Se producían, además, manifestaciones solidarias ó conmemorativas de alguna fecha importante, principalmente ligada al socialismo o al comunismo.
También se protestaba por la caída de algún izquierdista ó alguien ligado al movimiento obrero, así como por la llegada de un aniversario más de la guerra de Abril de 1965. Era una época de fervor revolucionario, tanto en nuestro país, como en el resto del mundo. Figuras como el Ché Guevara, Fidel Castro, Nguyén Van Troi, Camilo Cienfuegos, Caamaño Deñó y otros líderes revolucionarios, constituían emblemas inseparables en cualquier movimiento de masas en la universidad.

Un aspecto cultural de capital importancia se generó para esos días, en toda Latinoamérica. Todo un movimiento se gestó en todas las manifestaciones artísticas: música, teatro, pintura, escultura, libros y murales, con autores comprometido con el proceso revolucionario y las ideas de izquierda.

Una enorme avalancha de autores de la órbita socialista invadió toda iberoamérica. La canción comprometida, lidereada por los cantautores cubanos, era obligatoria en casi todos los recintos universitarios de los años setentas y ochentas. La muerte del Ché, los sucesos trágicos de Chile -encabezados por la caída de Allende-, la masacre de Tlatelolco en México, la guerra de Viet Nam y otros hechos acaecidos bajo la odiosa sombra de la guerra fría, constituían el armazón de aquel movimiento cultural, que se resumía en dos soportes: el apoyo a Cuba y la condena a los Estados Unidos. En nuestro país, como es lógico, había otro soporte: el antibalaguerismo.

Es bueno señalar que las manifestaciones en la universidad han degenerado con el paso de los años. Se han desacreditado a tal punto, que actualmente, año 2002, solo acuden algunos veinte o treinta estudiantes a “los líos de la UASD”, en los que predomina el caos, el desorden y daños a propiedades. El romanticismo de antaño ha devenido en acciones desaprensivas y completamente desligadas de reales aspiraciones populares. Las manifestaciones, en la actualidad, ocurren sin que se sepa un motivo real ó valedero. Por dicha razón, actualmente no se siente en la población general, el apoyo que veinte ó treinta años atrás gozaba la universidad en el seno del pueblo.

Bien, volvamos al 1975. Luchábamos para que se nos asignara un cinco por ciento del presupuesto general de la nación. Por largos meses, en el ambiente universitario solo se respiraba aire de lucha. El anterior movimiento por el medio millón de pesos ya era insuficiente; para ese año de 1975, medio millón de pesos era una cifra insuficiente para la alta casa de estudios. Luchábamos por un cinco por ciento del presupuesto nacional.

El ingrediente principal de la lucha lo constituíamos los estudiantes, pero el sazón lo agregaba la policía. El guiso era súper sabroso cuando hacía aparición aquel sargento negro y gordo, casi desdentado por completo; todo un personaje tenebroso: Vampiro. A vampiro le temíamos todos los estudiantes; ese agente policial, ordinario y folclórico, se hizo famoso por la forma en que “acariciaba”a los estudiantes cuando los atrapaba. Al calor de la lucha estudiantil, daba gusto oír su lema de guerra:

-!A ellos, muchachos!

Entonces, una jauría de rasos, cabos, sargentos mayores, de línea y toda la tropa gris cascos-negros, cargaban contra los estudiantes.

Pero la línea estudiantil no era nada fácil. Líderes del FEFLAS, UNER, FUSD, PACOREDO, MPD, LINEA ROJA, BRUC, BANDERA PROLETARIA, PCD, por solo citar algunos de los grupos estudiantiles, con frecuencia ponían en retirada a los policías, “a piedras limpias”, ó devolviéndoles las propias bombas lacrimógenas. Eran jóvenes aguerridos, sin temor alguno, en tan desigual lucha de piedras contra tiros.
-!Adelante, compañeros! – era el grito de entonces, para enfrentar a Vampiro y sus huestes.

Cuando Vampiro no aparecía, entonces no daba gusto la manifestación. Vampiro era un agente policial de unos seis pies de estatura; gordo y con una boca, aparte de sucia, casi desdentada. Sobresalía, cual personaje de terror, su característico colmillo izquierdo, que afincaba sobre la vacía encía inferior, para entonces disparar la bomba lacrimógena, sin careta antigás, pues ese químico no le afectaba para nada; además, qué mejor careta que su propia cara.

Una estampa muy característica de vampiro, era la forma en que atrapaba al infeliz estudiante y lo lanzaba al camión policial ó Griselda, donde terminaba aplicándole un soberano macanazo. El nombre de ”Griselda” vino por ser un camión gris, a modo de celda carcelaria.

Jamás pensé que iba a estar tan estrechamente cerca de Vampiro… !y dos veces!

Debo reconocer que nunca participé en el frente de la masa estudiantil, y mucho menos, nunca salí del perímetro universitario. Para eso había que tener un coraje especial que nunca he tenido. Ese pleito de piedras contra balas, nunca me ha cuadrado. Los mártires universitarios no son pocos; la gran mayoría fueron estudiantes brillantes, que lamentablemente terminaron con sus carreras truncadas por el encuentro con las balas policiales. Por otra parte, nunca he compartido la idea de quemar vehículos, romper cristales de viviendas o lesionar a uno que otro cristiano. Siempre me manifestaba dentro del campus universitario; levantaba pancartas y asistía a las aulas para estimular la participación en la manifestación. A la hora de ”irse a las calles”, las cosas cambiaban para mí.
Varios compañeros llegaron a recriminar mi actitud.

-!Correa, no seas pendejo y vamos a la calle!

-!Claro que voy, no soy ningún pendejo!

Salía con el grupo, pero al ver el grueso policial, medio me retrazaba y finalmente terminaba devolviéndome. Era una realidad complicada para mí y para muchos que no salíamos a las calles exteriores al campus de la UASD. Por un lado, el deber nos obligaba a ir; un deber verdaderamente noble. Había que luchar por nuestra universidad, que era la universidad del pueblo. La razón estaba de nuestra parte. Ese deber nos hacía asistir a la UASD, aún a sabiendas que el día no estaba para docencias, sino para jornadas de luchas; pero el instinto de conservación movía nuestros pasos y nos hacía tener cautela, mucha cautela.

Ese día, la lucha por el cinco por ciento era grande. Desde temprano en la mañana, la exhortación anunciaba un día de fuertes enfrentamientos con la policía, y específicamente con Vampiro. Los estudiantes ”íbamos” para el palacio de gobierno a entregar una carta que contenía el reclamo por el cinco por ciento para la universidad. No solo irían los estudiantes; acudirían también los profesores, encabezados por el rector magnífico.

También la policía sabía de la gran manifestación. La policía siempre conocía de antemano, los planes de los estudiantes. Había demasiados calieses o soplones en las filas estudiantiles.

De manera que no fue casual el cerco policial que se tendió temprano alrededor de la UASD. Pero la determinación de los estudiantes y las autoridades universitarias no conocía nada que significara amilanamiento alguno. La marcha al palacio iría con, o sin policías en el trayecto. En el campus universitario la muchedumbre estudiantil coreaba consignas:

-!Cinco por ciento, a la universidad!

-!Joaquín Balaguer, asesino en el poder!

El ambiente estaba cálido, o mejor dicho, muy caliente. Personalidades eclesiásticas, editorialistas, figuras importantes del medio periodístico, se apersonaron a la UASD, a fin de que se suspendiera la marcha al palacio de gobierno. Se pretendía evitar un baño de sangre, una desgracia. Nada, ninguna persuasión progresó y la manifestación estaba en marcha hacia el palacio. Pero también estaba tomada, desde el otro palacio, el de la policía, la firme y rígida determinación de no permitir la salida de nadie, de ningún grupo del perímetro universitario.

Eran las once de la mañana, cuando la compacta masa estudiantil-profesoral inició la gran marcha al palacio de gobierno. La avenida Sánchez Ramírez sirvió de ruta inicial a tan impresionante multitud. La policía, en otro impresionante despliegue gris-cascos negros, estaba a solo una cuadra. Cosa rara, no se veía a vampiro, como era la costumbre, pues siempre encabezaba a la uniformada. En la filas policiales habían hombres aguerridos, lo mismo que en las filas estudiantiles. Se observaban cientos de máscaras antigases, pero muchos policías blandían sus rostros al aire. El odio era recíproco.

En un momento se produjo algo simpático: la gran marcha se detuvo frente a frente, casi cara a cara, al toparse con la masa policial. Una nutrida línea policial cerraba el paso a los estudiantes. No se produjo, durante un largo rato, acción alguna. Ni bombas, ni tiros, ni piedras. Un escaso metro separaba policías y estudiantes . Un breve pero intenso silencio se produjo espontáneamente, al encontrarse prácticamente aliento con aliento, el rector magnífico y un coronel que comandaba las fuerzas del orden. Al cabo de un rato se rompió el hielo.

-!No hay paso, devuélvanse! – era el coronel quien le hablaba al rector; este encabezaba la masa universitaria.

-Debemos ir al palacio, a entregar esta carta al doctor Balaguer. – el rector hablaba directamente a los ojos del oficial, sin el más mínimo dejo de temor.

El policía, por radiofonía, llama a sus superiores y recibe órdenes.

-Sólo puede ir una comisión de tres personas. !Nada de grupos! – tampoco tenía miedo el comandante policial.

Era una conversación lúgubre, entre un oficial y el rector magnífico. Se intercambiaron varias frases más y los ánimos se caldearon. Los estudiantes empezaron a vociferar cosas a los policías, a menos de un metro de distancia. Recuerdo a un estudiante que prácticamente estrujó el manifiesto comunista en la cara de un raso policial.

-!toma, lee, lee, concientízate, ignorante!

El policía ni se inmutó. El juego estaba momentáneamente trancado, pero muy caliente. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: grupos de estudiantes empujaron desde atrás, sobreviniendo así la enorme masa estudiantil sobre los policías.

Se desató el infierno. El diálogo se rompió y en su lugar hablaron las armas y las piedras. Bombas, tiros, macanazos y ahí mismo se armó ”el molote”. No supe de dónde aparecieron tantas piedras en manos estudiantiles. La confusión era alarmante. El rector fue el primero en aterrizar en la Griselda, junto con los principales líderes estudiantiles. De forma automática, el recinto universitario se vio bajo el fuego policial. Al mismo tiempo, la lluvia de piedras y los neumáticos encendidos, evidenciaban la lucha de los estudiantes, que cobraban, hasta ese momento, alrededor de seis o siete agentes, heridos por las piedras.

Varias Griseldas se observaban cargando estudiantes presos. Las lacrimógenas causaban estragos en los ojos desprotegidos. Un tenebroso helicóptero sobrevoló el campus y arrojó un tipo especial de bomba lacrimógena que nunca habíamos visto: el humo que emitía era de color Rosado y no el clásico humo blanco. Esa bomba produjo muchas diarreas entre los estudiantes; era una guerra química en la UASD. Nunca más se ha vuelto a ver esa bomba ni ese helicóptero.

Una parte de la masa de estudiantes logró romper el cerco policial y llegar hasta la avenida Máximo Gómez; fue un esfuerzo inútil, pues todos fueron apresados finalmente.

Por una discreta esquina, específicamente por la José Contreras con Santo Tomás de Aquino, observamos a un grupo de policías intentando penetrar al campus. Era una clara violación al fuero universitario que no se podía permitir. Un grupo de estudiantes, unos cincuenta o sesenta, los enfrentamos a “piedra limpia” avanzamos sobre ellos, los acosamos y no les quedó más remedio que emprender la huida, con nosotros detrás. Sin darnos cuenta, habíamos salido del campus alrededor de cuadra y media. Al intentar regresar, una columna policial nos cerró el paso. Ese contingente policial estaba encabezado por… !Vampiro!… quien venía blandiendo su diente único, macana en mano. El pánico me invadió al verme repentinamente sostenido por ese terrible sargento.

-!Negrito, comunita e mierda…toma!

Me lo dijo al tiempo de asirme con una mano y lanzarme el macanazo con la otra. El madero fue a parar a la palma de mi mano, lo sostuve y luché desesperadamente con Vampiro. El forcejeo fue breve, pero lleno de terror; me movía el instinto de conservación. No supe cómo ocurrió lo de la macana; ese artefacto de opresión salió por los aires y fue a parar al patio de una vivienda. Logré zafarme y salir huyendo hacia el campus, sudoroso, con el corazón en las manos y un profundo anhelo de estar en mi casa, con Ramona y Chicho.

Los enfrentamientos con la policía se prolongaron todo el día y la tarde. Ya era de noche, cuando se permitió la salida, lenta y ordenada, de los estudiantes a sus casas.

Yo estaba hipnotizado por mi encuentro con Vampiro. Lo que no sospechaba, era que el destino me presentaría a Vampiro nuevamente, en otra batalla muy diferente, que aunque muy diferente, me estremecería por igual, pues me atraparía… sin darse cuenta.

Fue un día increíble, ese que se vivió en la UASD. Para tener una idea de esto, solo basta afirmar que el cerco duró cuarenta y tres días. La universidad duró ese tiempo cerrada, pues las condiciones no eran para clases, sino, para una guerra civil.

Los ánimos se calmaron y la universidad fue entregada a las autoridades académicas, encabezadas por el rector. Incluso fue pintada por guardias y policías. Toda propaganda política fue borrada y el recinto parecía un colegio privado. No supe para qué fue pintada. Al mes de su entrega, nuevamente estaba sellada de propaganda e imágenes del Ché, Marx, Mao, Fidel, Amín Abel, Ho Chi Min, Caamaño y otros líderes mundiales de la izquierda revolucionaria.

La UASD entró en un período de relativa calma y pasaron varios semestres sin violencia. No volvimos a saber del sargento Vampiro por un buen tiempo. Los mismos líderes estudiantiles estaban apagados.

Pasó el tiempo y la UASD volvió a ser la UASD. Eso sí: las manifestaciones estudiantiles iniciaron el proceso de descrédito hasta nuestros días. Incluso, Balaguer ya no era el presidente -aunque regresaría posteriormente, mucho menos violento y más respetuoso de las libertades ciudadanas-. Nunca se volvió a vociferar: !Joaquín Balaguer, asesino en el poder!. No obstante, siempre se producirían las manifestaciones por cualquier causa trivial.

Pasaron varios años. Terminé la carrera de medicina, hice pasantía de ley en San Juan de la Maguana, y en 1985 concursé para residencia médica en varios hospitales civiles y en el militar. Perdí en los civiles y por suerte gané en el militar. Inicié como R-1 la residencia de medicina interna en el Hospital Central de la Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. Mi propósito era culminar en una residencia de cardiología.

Hacía dos o tres años que no sabía nada de Vampiro. En realidad, ya hacía bastante tiempo que no me involucraba en movimiento universitario alguno; hasta había llegado a considerar las manifestaciones como una necedad de mozalbetes.

Mi paso por el hospital militar fue uno de los más certeros de mi vida. Muchos tabúes se derrumbaron en mi mente. Mi mentalidad izquierdosa, aunque nunca milité en grupos de izquierda, fue puesta a prueba. Comprendí muchas cosas que no vienen al caso ventilar. Muchas utopías rodaron por el suelo, aunque algunos principios de aquellos días, aún los defiendo. En el hospital militar nadie intentó adoctrinarme ni lavarme el cerebro, aunque sí aprendí mucha disciplina militar. Me aprendí de memoria todos los rangos.

Dos cosas agradezco a los guardias: en ese primer año aprendí más medicina que en todos los años de la universidad; y en segundo lugar, hice amistad, casi de hermandad con muchos oficiales y alistados.

En una ocasión, estando de servicio, en el listado de pacientes críticos, me asignaron un paciente diabético en una de las salas de oficiales. Era un segundo teniente llamado Aníbal Brazobán. Se me recomendó controlar los niveles de azúcar en la sangre y procurar que el departamento de cirugía valore su pie casi podrido. Se había planteado amputar esa pierna, pero antes, había que hacer lo más que se pudiera para salvarla.

Cuando subí a la sala, en la cuarta planta, un insoportable hedor invadía todo el cuarto piso.

-!Ofrézcome, ¿quién será ese hiede vivo?!

Lo sorprendente del caso es que ese mal olor provenía precisamente del paciente mío, Aníbal Brazobán. Penetré a la sala soportando como un espartano el hedor. Vi al paciente y no lo reconocí. Era un negro gordo en estado delicado, con un pie gangrenado por la incontrolable diabetes. El paciente estaba tornándose tóxico y la inminencia de una cirugía se imponía. Rápidamente me dirigí al departamento de cirugía, pero algo me detuvo y me hizo devolver.

-!Coño, esa cara como que la conozco! – entré nuevamente a la sala del hiede vivo.

!Era Vampiro!. Estaba más gordo y feo que diez años atrás. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Fue inevitable: me sentí en el fondo de la Griselda.

Recuperé la compostura y fui raudo al departamento de cirugía. Había que amputar esa pierna de inmediato, pues el paciente estaba al borde de una septicemia y de un coma diabético. Por suerte, estaba de turno el doctor Ovalle, un médico capitán, enllave y casi hermano mío.

-Ah si… ya sabemos que tenemos que operar a Vampiro.

!Los propios militares también le llamaban Vampiro!

No pasó una hora y ya vampiro estaba operado y fuera de peligro. Al día siguiente descubrí al verdadero Vampiro: un padre de familia ejemplar, de muy buen humor y un concepto muy claro de lo que es la familia, además de ser profundamente religioso. Estaba rodeado de sus cinco hijos y su esposa. Todos eran hombres y mujeres de bien, según pude constatar.

Fue su buen humor lo que más me llamó la atención.

-Doctor, los comunistas van a estar de risas: sabrán que me mocharon una pata. Ya no podré con ellos.

La risotada, con su boca vacía, fue contagiante. Iniciamos una amistad y entonces hicimos historias de los tiempos aquellos de la UASD. Claro, hablé muy poco; solo escuchaba. Una de sus historias me dio escalofríos.

-Doctor Correa, a mi no se me zafaba ningún comunista. Yo solito llenaba una Griselda. Eso si: una vez se me fue un morenito, por cierto, muy parecido a usted, pero más flaco. Ese condenado, me zumbó la macana… -Vampiro era de las personas que agarraban a los demás, al enfatizar algo. Entonces me sujetó fuertemente el brazo izquierdo para reafirmar sus criterios.

- …carajo, si lo vuelvo a agarrar, !lo tranco en la Griselda!

Lentamente hice que me soltara el brazo y busqué una excusa para salir de la habitación; me sentía frío y sudoroso, debajo de mi bata médica.

!Coño, Vampiro me volvió a agarrar!

 

 

 

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