Señores, ojo, “Quieren tumbar al Gobierno”

Rincón Dominicano 2 octubre, 2011
Señores, ojo, “Quieren tumbar al Gobierno”

Señores, ojo, “Quieren tumbar al Gobierno”

Miguel D. Mena

Los taínos llegaron tranquilamente desde el Orinoco, pero al rato los caribes le seguían las huellas y los querían tumbar de las montañas del Cibao.

Colón llegó con su tropa cansa y sin bañar, “buscando oro como si le sirviera de alimento”, como diría Neruda. Mientras acaba con los taínos y caribes, Roldán, en medio de su chercha con cacicas y nitaínos desenterrando yuca, quiso tumbar a Colón, hecho que sólo logró Bobadilla. Pero a Bobadilla lo tumbó Ovando y a Ovando lo acabaría Diego Colón, el hijo de Cristóbal.

En 1586 Francis Drake tumbó todo lo que había que tumbar en Santo Domingo, devastándolo todo.

Comenzando el siglo XVII Osorio, por mandato de los muy dignísinos monarcas españoles, tumbó y devastó toda la zona norte y oeste, dándole pasto al establecimiento del Santo Domingo francés.

A finales del siglo XVIII los esclavos se rebelarían, tumbando a los blancos francés y declarando la República, al igual que había hecho los señores. Por motivos de lógica -España nos había cedido a Francia en 1795- Haití nos quiso integrar en una sola Isla, con toda la razón del mundo, así que no le quedó más remedio que invadir y tumbar lo que había. Francia respondió, luego los criollos respondieron, pero España no se apuntó en la lista. Al final Duarte, manillando la Trinitaria desde lejos, logró, con el apoyo hatero, tumbar a los haitianos y declarar nuestra República.

Duarte era demasiado intelectual, al igual que el resto de los trinitarios. Como necesitábamos una mano dura, entonces tenía que caer todo en el control de Santana.

Pedro Santana, hatero a fuego y espada, que no había leído la cartilla quizás, se puso chivo con tantos intelectuales,así que, temiendo que lo tumbaron, mandó al patíbulo a ¡una mujer!, la tía de Sánchez, María Trinidad, y a un paquete de correligionarios.

Años después sí que llegaría sino un intelectual, sí alguien con barbas a lo Lincoln, Buenaventura Báez. Santana, Báez y Lilís se pasarían en el resto del siglo XIX el gobierno como la bola los baloncelistas de la esquina de mi casa.

Y así llegamos al siglo XX, con el país en ascuas, porque a Lilís lo tumbaron, y de manera fea.

Desde entonces y hasta que los gringos bajaron en el 16, lo tumbadera de gobierno fue deporte nacional. (¡Pero si es que todavía los dominicanos no estaban todavía familiarizados con el baseball!).

Con los norteamericanos la cosa se estabilizó, aunque naturalmente habían dominicanos que no dejaban esa viejísima costumbre de querer tumbarlos. Los gavilleros, Gilbert, todos trataban a su manera de ganar la medalla de oro, aunque sin una idea bien clara de lo que debía venir después. Uno que nunca se preocupó de tumbar, salvo los obstáculos nimios y normales de la carrera política, al fin llegó, en 1930, al gobierno.

A Trujillo lo quisieron tumbar desde un principio, por eso mantuvo a raya a todo un país, sembrando la desconfianza en la familia con el terror y el chantaje, descabezando lo que fuera necesario porque hasta los hijos de los opositores luego podían recordar las afrentas hechas a los padres.

Al Jefe lo quisieron tumbar en verdad y en mentira, de manera que había que aceitar todo la maquinaria correctiva y preventiva, manteniendo al país en ascuas. Finalmente a Trujillo lo tumbaron a balazos, integrándose al team de Lilís y Mon Cáceres.

La tumbadera tremens retomó sus viejas fuerzas de principios de siglos. Era como si en Liliput el gigante se despertara.

Después de que al Jefe lo tumbaron la lucha era todos contra todos, bajo el arbitraje de la embajada norteña…

Parecía que al profesor Bosch le iría mejor que nadie, pero a los militares le olía demasiado a cubano, al algo revolucionaria, tanta modernidad bochista, así que se disidieron a tumbarlo. Lo que llegó al Palacio fue menos durable que una morcilla en manos de un perro viralata. Al rato ya estaban los guerrilleros, las movilizaciones populares, tratando de tumbarlo, y lográndolo en el 65.

La historia de se año se conoce ya lo suficiente, así como la del Doctor y sus los 12 años siguientes.

No pasaba un año o un quítame esta paja donde no quisieran tumbarlo, y en realidad que tenía razón. No faltaban ganas ni acciones para ello.

Llegan los aires democráticos perredeístas, el país se distiende, el Licey sigue ganando como único épico dominicano la Serie del Caribe, hasta que, accidente de la democracia, el Escogido se recupera -no lo hacía desde los 50- y rompe el monopolio liceísta.

Desde el 78 las puertas del Palacio se abrieron como por arte de magia. El gobierno de “mi gobierno, el “Gobierno somos todos” y sobre todo, qué bulto, “el correo ha mejorado”, se convirtieron en la contraseña de los nuevos buenos dominicanos.

Parecía que la historia de la tumbadera ya se iba a acabar. El idilio, sin embargo, concluyó, cuando los choferes huelguistas, a principio de los 80 se cansaron de tanta tranquilidad y ante el temor de dejar enfriar el brazo en cuestión huelga, llamaron a una general. Consecuencia: el vicepresidente de entonces llamó a darle “candela” a los huelguistas y a proclamar en la radio, antes del Santo Rosario en Familia, que el Gobierno Central tenía informes de la existencia de planes de tumbar al gobierno legítimamente constituido.

El mismo libreto sería retomado justo dos años después, en abril de 1984. Después de haber regado más de cien muertos por ciudades y campos, el gobierno de entonces, también legalmente constituido, y con un presidente que exactamente en esos días aprovechaba una escapada al Conde para tomarse un café y preguntarle a un periodista que cómo andaba el boxeo, al día siguiente, -y frente de fusilamiento como Aureliano Buendía, sino frente a todas las cámaras de la nación-, denunciaba a través que los mecanismos de seguridad de su gobierno habían detectado planes de desestabilización y de tumbar al gobierno.

Nada, que, inmutable, con su digno y pálido semblante de senador romano -a pesar de los paseítos por el Mirador, el Doctor, al fin, dejó descansar el libreto, porque después de tantos años de fogueo en la jugada esa del poder, había que pulsar otro programa en el control remoto del televisor.

Y así llegamos -¡Dios mío, qué extenuante esta clase de historia!- a los peledístas, todavá orondos y deportivos, aún no entrados en libras pero quién sabe.

El viejo tirijala del Congreso se da, el show ese de la discusión del presupuesto no se acaba, al fin nadie se quiere tirar a la pista aunque uno de casa siete dominicanos se considera apto para la presidencia…

Ya el secretario del interior y policía, miembro célebre del parnaso del abril 65, chivo como el que más, recibe los mismo informes de los mismos mecanismos de seguridad de un Gobierno que ha sido también legítimamente constituido y, ni lento ni perezoso, ante la carencia de nuevos libretos desengaveta el texto ese de “quieren tumbar al gobierno”, porque hay que expresar ante la suma gravedad de unos congresistas que no se contentan con las exoneraciones de siempre y los premiecitos anexos de todo buen legislador.

Señores, quieren tumbar al Gobierno, debemos estar todos de acuerdo con eso.

Ahora los dejo, porque sospecho que los cobradores quieren tumbarme la puerta.

 

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