Ramon Oviedo

Rincón Dominicano 4 octubre, 2011
Ramon Oviedo

Ramon Oviedo

 

Gran pintor dominicano, nació Barahona en el año 1924. Ha sido nombrado por el Congreso Nacional como “Maestro Ilustre de la Pintura Dominicana”. Su obra presenta trazos fuertes y colores que evocan dureza, sordidez, crueldad, pero también humanidad. La abstracción y expresionismo que en ellas impera componen el mundo psíquico del hombre con sus abismos y soledades. Es como si algo quisiera surgir de sus telas y dar paso a un sordo dolor que gritara en silencio.

Ha ganado importantes premios y reconocimientos nacionales e internacionales, ente ellos la Orden al Mérito de Duarte, Sánchez y Mella (otorgada por el gobierno dominicano en 1997) y la Condecoración Chevalier de l’ordre des Arts et des Lettres que emite el Ministerio de Cultura y Comunicación del Gobierno francés. Murales y cuadros son expuestos en diversos museos y foros internacionales, en colecciones públicas y privadas.

La historia de Ramón Oviedo es la de cualquier portento de la plástica universal. En la historia de la pintura dominicana pocos han seguido con igual determinación los impulsos de su interioridad, los mandatos de su obsesión aunque hayamos tenido interesantísimos y valientes artistas. Estos, sin embargo, fueron, por decisión y escuela, pintores siempre. No así Ramón Oviedo que, nacido en 1927, se integró a la labor plástica a finales de los años 50, es decir, “hecho y derecho” para desarrollar un proceso de autoafirmación individual a través del arte que lo obligará a hacer de la pintura su razón de existencia y que nos lo traerá a lo que es hoy: un exponente fundamental del arte dominicano a partir de  mediados del siglo XX.

Comparar siempre es enojoso pero posibilita revelar, a través de contrapunteo de sus términos, las características que “por exclusión” son propias del objeto, de modo que arribamos a una aprehensión más próxima a su esencia. Nuestra afirmación propugna una originalidad inquebrantable, nutrida de corrientes formativas de la contemporaneidad expresiva, y una personalidad plástica sin idénticos en el país, caracterizada por el humor, la crítica y la indagatoria técnica. También pretendemos colocar la sinceridad de Oviedo como ejemplo para estos días ‘sin norte ni dioses’ en que el artista puede revelarse demiurgo. Quizás pocos pintores del país hayan hecho lo que Oviedo para encontrarse como artista.

Para los pintores venir al éxito, a la carrera de su oficio, significa la adquisición de habilidades para el modelado de la expresión; el desarrollo de maneras propias apreciadas por los demás, esto es, que le generen el estimativo social y una identidad en el arte y el mercado. En Oviedo, todo lo contrario: la voluntad de dedicarse por entero al arte más que una conquista significó un ponderado y bien estructurado abandono del publicista, de vida cómoda y placentera, de actitud burocrática y conciencia corroída y atormentada que, por la obra de 1975-80, el pintor demostró que entonces era.

Quien recorra, como lo hacemos aquí, la obra del pintor bajo el criterium de la dialéctica, es decir, como proceso y espacio en el que batallan múltiples corrientes, contradictorias a veces; identidades, técnicas, recursos y temas; en el que se discriminan unos recursos para afirmar otros; mediante los cuales se accede a puntos de vistas socialmente críticosÖ, comprenderá las razones pedagógicas en torno a la obra de Oviedo que nos mueven. Porque Ramón Oviedo es, antes que todo, síntesis de su propia experiencia. Llegar a ser lo que hoy representa es consecuencia de un largo proceso de preparación sin más norte que la voluntad escudriñadora, el afán de perfección técnica en medio de su constante preocupación humana. Gran ejemplo para muchos artistas de hoy, anegados en el cieno de la búsqueda afanosa de un triunfalismo y mercado fáciles, antes que preocuparse de modo íntegro y humano por su oficio y su razón de ser artistas. Ramón Oviedo, hombre práctico, sencillo y sincero; humano y hecho al pulso de su propia voluntad y de sus minutos vividos y sufridos, en medio de pírricas posibilidades ha sabido luchar contra los obstáculos interpuestos entre él y su vocación. Como Picasso cuya obra influirá tan ampliamente sobre la suya lo niega todo para afirmarse; concibe el arte como técnica al servicio del hombre y termina creyendo la invalidez de todo lo que no sea el individuo mismo, el hombre pura y simplemente concebido, que transpira en su pintura: conflictivo, nunca solitario, vigilante, pequeño y grande, virtuoso y corroído o luminoso y justiciero.

Síntesis de su propia experiencia, que proponemos como una de las interpretaciones probables de la producción plástica de Ramón Oviedo.

De niño a artista
Ni siquiera el propio pintor puede precisar cuando empezó a pintar. No sabe si fue con sus ensayos de infancia o en los últimos años de la dictadura trujillista. Porque Ramón Oviedo que todavía hoy piensa que su decisión por la pintura data de los primeros años de la década de los 60, no da importancia a sus primeros gestos plásticos con el tema de sus héroes del cinematógrafo, ni otorga valor a sus primeros “muñequitos” . Recuerda, eso sí, a pesar de su lúcida memoria, que de pequeño, al igual que en las más cursis historietas de artistas, tenía una gran habilidad para hacer dibujos  y que  incluso para esa época de tiranía y a la edad de nueve años realizó un intento de retrato del tirano a dimensiones de muchacho y en la envoltura de una caja de cigarrillos que sus familiares y el vecindario celebraron como apoteósica revelación de lo que sería el niño. Pero, aunque temprano mostró esas habilidades, nunca tuvo educación afín a su vocación ni formación académica regular. En plena infancia, por diligencias de su padre, terminó en un taller de fotograbados cuya clientela la constituía una suerte de chiriperos de la prensa escrita. Ayudante de maestro fue su función y, también como en todas las historias de ayudantes de artesanos, Oviedo terminó ganando la confianza de su protector.

De funciones menores obtuvo el premio de un trabajo de mayor responsabilidad: eliminar el sucio y malezas de las placas metálicas dominadas por el ácido. Este trabajo, de gran laboriosidad, precisión y astucia, es lo que el pintor recuerda como lo fascinante de esos tiempos sombríos cuando una voluntad de oscurantismo férreo dominaba el país. Internacionalmente también eran años de sombra: la Segunda Guerra Mundial había estallado y la Guerra Civil Española, que en muchos sentidos inicia esta hecatombe, también. Para llevar noticias, dentro de las libertades que la tiranía permitía, Gonzalo Domínguez imprimía una revista hoy completamente extinguida del país, donde se grabaron las primeras imágenes de Ramón Oviedo con cierto criterio de responsabilidad.

¿Te atreves a hacer esto? preguntó Domínguez al jovenzuelo, mostrándole unos ejemplares de caricaturas de la época.

“Claro que puedo” me dice el maestro que respondió el muchacho audaz que él era.

Entonces empezó una labor que lo vinculó un poco más a su vocación y le permitió adquirir “algunos pesos”. Así fue como imprimió sus caricaturas con un tema sombrío: los personajes de la guerra y sus confrontaciones: Hittler, Mussollini, Churchill y Stalin. ñEse es el primer paso que doy sobre lo que es el dibujo porque hasta tanto sólo hacía muñequitos. Contaba apenas entre 13 y 15 años. A tan temprana edad ignoraba que sus primeros pasos en la pintura parecían estar alentados, con algunas circunstancias diferentes, por los mismos vientos que empujaron al muralista mexicano José Clemente Orozco, sobre quien Oviedo pondrá sus ávidos ojos más tarde.

Ni nuestro pintor recuerda las características de ese “trabajo”, pero mucho menos el señor Domínguez que sí evoca al “muchachón” afanoso y diestro trabajando sus ilustraciones sobre la mesa de una época sombría. Para no contrariar la voluntad de paz del recuerdo inerte, el Archivo General de la Nación tampoco guarda el mínimo recuerdo de la revista Rick-Rack, lo mismo que las bibliotecas Nacional y la Pedro Mir de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, evidencia rotunda de que el país se resiste a ser historiado, a conocer su pasado, bajo la cronología simple e indefensa del arte.

Oviedo nos revela sus preocupaciones plásticas de entonces: “Gonzalo Domínguez me daba la literatura y yo me atrevía a ilustrarla”. De aquí pasó nuestro personaje a rotulista, a desandar una ciudad silenciosa estampando en las paredes la promoción de los comercios. Apartado aún de su vocación, no perdió la oportunidad para demostrarse a sí mismo su pulso firme para el dibujo aunque no pudiese terminar el quinto grado de la primaria cuando a la edad de nueve años fue lanzado al mercado de la fuerza de trabajo.

A partir de 1936 empezó a arribar al país un contingente de exiliados españoles y judíos que el Generalísimo “Padre y benefactor de la Patria Nueva” utilizó al máximo para su proyecto de blanquear y desarrollar el país bajo su mandato y voluntad. No sólo se instalaron industrias propiedad de estos sectores inmigrantes.

El sector español, sobre todo, conquistó desde entonces un importante lugar en la economía nacional. Intelectuales y técnicos fueron contratados para conformar este proyecto que, indirectamente contribuiría al proceso que da al traste con la dictadura.

Entre las instituciones creadas con fines administrativos, militares y culturales nos interesan el Instituto Cartográfico porque inicia a Ramón Oviedo en un nuevo dominio del dibujo y le permite una limpieza sin igual en el trazo; la Escuela de Bellas Artes, porque nunca fue visitada por nuestro pintor y no logró, con sus amaneramientos implícitos, desviar su voluntad.

Seguía el artista en potencia, en las labores de la sórdida existencia con la “suerte” de que al menos, gracias a la batalla librada por los titanes de la modernidad plástica contemporánea, ninguna técnica humana es ajena a la pintura.

“Esta vez fue papá quien me llevó allí y me dieron el empleo porque vieron el dibujante que era, al menos el dibujante lineal que era: tenía buen pulso y me dijeron que hacía muy bien las letras”. El Instituto Cartográfico, formado por españoles como la mayoría de las instituciones modernas dominicanas, pronto vino a ser dirigido por un dominicano, Oscar Cucurulo, tan pronto se recibió de arquitecto.

“Con esa sensibilidad humana… Oscar Cucurulo me veía dibujar figuras y reproducir lo que veía… Se fijó en esto y me tomó aprecio. Entonces se dedicó a darme clases porque también notó que yo tenía una pobre preparación…”

Así se entrega nuestro artista, ya en plena madurez de su adolescencia, a completar, en alguna manera, su formación, porque desde hacía tiempo había dejado la escuela en el quinto grado de la primaria.

Desde sus años de escuela, antes del Instituto Cartográfico, Oviedo ensayaba óy formóó su dibujo a lápiz con modelos durante las horas de clases y fuera de ellas: “tenía un compañero que era mi modelo favorito. El me posaba y yo lo dibujaba, le daba el dibujo y él lo tiraba por ahí hasta que rodaba y se destruía”.

Así hizo innumerables trabajos: le daban una foto y él levantaba un retrato a lápiz. Esta práctica la continúa en sus años de adolescencia, cuando empieza a inclinarse por los primeros amoríos y ando haciendo dibujos, no a sus amigos sino a las damitas que le son simpáticas.

No abunda hoy muestra de esto porque nadie imaginó que este pobretón viniera a ser importante nunca. El hecho de que entre los salvados abunden más retratos de amigas que de amigos nos da las temperaturas de los romances de adolescencia de Oviedo.

Esta su segunda etapa de la vida es de un “dibujo de conquista”, en el más sano sentido de la expresión. Tiempo en que los romances se acompañaban de enormes ensueños, algunos tragos y canciones de Gardel.

La relación de Oviedo con el joven arquitecto fue fructífera no sólo para su superación académica: Oscar Cucurulo significó el puente hacia el primer contacto serio de nuestro pintor con la cultura.

Ya antes, dentro del espacio del mismo Instituto Cartográfico, el pintor, que a falta de una “verbalización” fluida ósímbolo de su personalidad tímidaó tiene el oído enormemente desarrollado, escuchó de bocas españolas como en una reconquista, las primeras clases “superiores”, dirigidas no a él pero de las que pudo disfrutar porque entre su ansia de conocimiento y las cátedras había una débil pared. También aprendió mucho de los españoles que trabajan en el Instituto.

“Les oí hablar de todo, hasta de plástica…, de pintura, de música. Personas cultas que venían huyendo de la guerra…, pero con preparación… Otros que vivieron esa época como yo saben que ellos hicieron un gran aporte”. Pero ninguno le dio lo que Cucurulo.

En medio cultural dominicano, que aún hoy muestra un apego patológico al arte tradicional y que si ha aceptado pintores valientes y rotundos ha sido por el espaldarazo internacional de que han sido objeto y sobre el cual han colocado su pintura como “inversión segura”, era, en esos días, más que débil en cuestiones artísticas serias y más bien reacio a la vanguardia.

Fue Oscar Cucurulo quien, antes que nadie, explicó a Ramón Oviedo el valor de este arte nuevo, pero nuestro pintor no asimiló ni remotamente lo que en sus manos, a través de revistas y paseos por exposiciones, ponía el joven arquitecto. Fue así como conoció a Picasso, muy en boga por el escándalo de su Guernica…

“Yo, muchacho al fin, sin formación de ningún tipo, rebatía muchas cosas de ésas en pobre entender…. No aceptaba a Picasso para ésos días. Para mí la suya era una pintura grotesca… Igualmente la de un señor apellidado Granel, que estaba por aquí y que fue el primero que trajo el surrealismo”3.

Más tarde Oviedo no sólo comprende la pintura moderna, sino además que la asimila, la interpreta, la siente y la ejecuta.

He dicho que quizás como recurso para contrarrestar su “escasa formación” nuestro artista posee una vasta memoria fotográfica y una gran capacidad auditiva. Recuerda las primeras impresiones que le provocaran lo poco de arte que se podía encontrar en esos días.

Así refiere la exposición que en el país realizara “un pintor cubano de apellido Tarazana… Siempre la recuerdo porque para mí fue de gran impacto: ese pintor era naturalista, tenía unos cuadros de ritos afrocubanos, con un gran dominio del realismo… En un cuadro de ésos había una vela encendida sobre el piso, una ponchera con agua y unos granos de maíz esparcidos por el suelo.

TESTIMONIOS
Todo aquello era completamente real, la vela se reflejaba en la ponchera y el agua parecía cristalina. Había varias columnas y en una de ellas, un Cristo muy bien ejecutado, con un destello, una aureola luminosísima…

Esos detalles se me grabaron… Esa fue al menos mi impresión en ese instante… Ahora no sé si diría lo mismo”, y estos detalles aparecerían más tarde en algunas de sus obras. Pero entre ese tiempo de impresiones sobre el arte ante el primer develamiento de lo que se cree majestuoso y la primera producción con intenciones puramente artísticas hubo un largo trecho.

Silenciosamente y sin saberlo nadie —ni él mismo— seguía Ramón Oviedo en la vorágine de la existencia respondiendo desprejuiciadamente a los dictámenes de su necesidad en la más precaria de las existencias.

“Te diré, también fui dibujante de perspectiva… Hice perspectivas de construcción, de edificaciones… Es una etapa…, bastante corta, pero bastante que comí de eso”. Porque Ramón Oviedo se acerca al arte en el mismo proceso de su existencia; el arte llegará a ser su más íntima compañía. Nunca he conocido, ni aquí ni fuera, pintor cuyo desarrollo artístico esté tan “lamentablemente” unido a la supervivencia, al oficio mero y simple.

El “éxito” económico definitivo del pintor ocurrió cuando, luego de desandar, sale del Instituto Cartográfico a fundar, junto a un argentino, “la primera publicitaria organizada profesionalmente en el país”.

Era 1954 y asomaba la crisis de la dictadura. Contrariamente, quizás este haya sido el trabajo que más acercara a Oviedo a su vocación, aunque rápidamente se percató de que el trabajo de publicista le imponía sinnúmeros cortapisas a su voluntad y temperamento.

Hizo, sin embargo, todo lo posible por mantenerse al día en su área y rápidamente entró al ejercicio y dominio de técnicas diversas que la plástica aportara a la publicidad: colages, fotomontajes, frotados, calcos, esfumados, composiciones atrevidas, líneas y manchas para el dibujo, caricaturizaciones…

Ejercicios que le permitieron hacer, desde el departamento gráfico creativo de Publicitaria Reprex, la academia que la vida le había negado. Así, cuando se decide a pintar había pasado una gran experiencia en múltiples mundos gráficos que constituirían su actual arsenal de recursos y habilidades. Contaba con 36 años de edad, todos sus hijos y había hecho su academia solo.

 

El legado y el recorrido

El reconocimiento del papel del artista como propiciador y generador de transformaciones estéticas, formales, sociales e ideológicas nos lleva a replantearnos el rol del mismo en la sociedad contemporánea. Como artista, activista y creador en general Ramón Oviedo ocupa un sitial preeminente y permanente en la historia dominicana.

Desde sus trascendentales trabajos de los sesenta cuando junto a sus contemporáneos no solo anunciaba y propiciaba un cambio político sino que planteaba una transferencia de posibilidades estéticas al plano de lo social, hasta las más intrincadas y recientes búsquedas interiores y reconocimientos individuales, Oviedo se ha constituido en un transformador. Un transformador de su propia obra, la que más allá de sus necesidades intrínsecas de afirmación y contestación sistemáticas confronta de modo muy peculiar el contexto social donde se desarrolla.

Cada lienzo, papel o serie es un cuestionamiento de una situación en general o específica, de cómo Oviedo, el individuo interactua con su entorno, con su contexto histórico y social.

Ramon Oviedo cuenta con un corpus de trabajo que cumple ciclos naturales, cada serie, o período, si nos circunscribimos a lo cronológico para definirlos, es un periplo que parte del anterior y se cierra en el próximo y vuelve a empezar de nuevo diferente, reorientado, redefinido.

Este artista no reprime sus instintos ni atempera las disgresiones estéticas y conceptuales a las que voluntariamente se somete, y las que le son necesarias para poder crear. Su vocabulario visual, enriquecido con el léxico de cada una de sus etapas, nos llega como liturgia catártica con referentes simbólicos renovados y poderosos.
Alude a los movimientos temporales, espaciales, al transcurso del tiempo, a la evolución del hombre artista, la estructura interna de las cosas.

Tal vez una de las metáforas fundamentales y más impactantes que su trabajo nos proporciona en la actualidad sean las relaciones y vínculos entre los tiempos. Esta presentación del palimpsesto temporal, de la coexistencia de tiempos en que vivimos inmersos. Con su obra entramos en contacto con un manejo diferente de las manecillas del reloj y del calendario, a veces a la velocidad de la luz y otras deliciosamente lenta.

La actitud poética de Oviedo en su acercamiento a la realidad nos acerca sin ambages a la idea de la memoria, la memoria individual de quien transforma el espacio colectivo.

Al margen de las referencias sintácticas, su obra evoca un estado de gracia, un peso específico que otorga solo la maestría, la coherencia ideologica y estética y la constante necesidad de cambio.

El Museo de Arte Moderno de la República Dominicana en su labor de promoción y difusión de los más altos valores de la plástica nacional se honra al presentar en sus salones la obra de Ramón Oviedo. Igualmente nos sentimos agradecidos por este legado trascendente y imperecedero que son su obra y su condición de creador.

 

 

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