La Magia de los carros públicos

Rincón Dominicano 2 octubre, 2011
La Magia de los carros públicos

La Magia de los carros públicos

Miguel D. Mena

Nuestros encantos insulares no están en las playas -que eso se lo gocen los turistas- ni en las montañas -que ahí se encaramen los defensores del pulmón verde y otros delikatessen- sino en los carros públicos. Si una cosa lamento de mis amigos es que hayan aprendido a manejar, cambiando luego las reflexiones sobre Platón por el tema de las bujías, el aceite y el gato que no apareció cuando se pinchó la goma. (Claro que de esa manera llegarán más lejos que yo, si no es que antes le pregunto si se dejarán caer por allí y que de paso me dejen a mí…)

El otro día -para darle cuerda, nomás-, le recordé a nuestro Poeta Nacional, don Pedro Mir, eso que él había dicho hace unos años: “Dénle a un poeta un carro de 16 cilindros y dejará de ser poeta”. Lógicamente que nuestro Poeta no pudo más que tirarme una de sonrisas como una carta fatal en el póker que ya habremos perdido. “Esas son cosas de la vida”, me respondió don Pedro, entre nostálgico y un tanto cuerdero, también.

Si en nuestro país los sicoanalistas, siquiatras y sicólogos andan desempleados y algunos de ellos se tiran por esos predios del transporte público, es que no hay lugar más privilegiado que ese para contar sus problemas, quejarse, alegrarse, “montarse” en todo el sentido de la palabra.

Lo primero es que cada carro nos exige adecuarnos a un lenguaje, a un ritual. Es un átomo con vida propia en lo que me monto. Ases la puerta -o la jalas, en buen dominicano- y estarás en el mundo de las sorpresas que no serán tantas, pero que por ahí van. Sabrás que delante irán dos y detrás cuatro, indefectiblemente, sin importar el modelo del carro. Si no te enteras, entonces el chofer te reprochará con el “hay que saber montar en carro público”, no importando si estés encaramando alguna pierna tuya sobre una vieja, un niño o un militar, o viceversa.

La relación del número con el espacio contravendrá, entonces, toda la ley de la lógica. El número será el mismo no importando la capacidad del espacio. Rotura de cabeza para la lógica de los matemáticos esa del espacio conchístico.

Ya que estás dentro tendrás que asumir la neurosis del conductor o del público viajante. Ahí se demostrará tu condición de sujeto portador de un sentido de la historia, por ejemplo si le pides al chofer que baje o que cambie el programa. Quizás acceda a lo primero, pero a lo segundo, difícil que se dé. Cuando traté de convencer al chofer de que mejor pusiera alguna música y no a esos dos tipos hablando como imbéciles, me dijo, como sacando un trabuco ante el posible ataque de tropas enemigas, que si yo había alquilado el carro por esos dos miserables pesos.

Lo contrario le aconteció a la poeta Momia cuando tomó un concho en la Feria. Al decirle al chofer de turno que por favor cambiara el programa, este le habría de contestar que sí, que no había problema, que el carro era suyo hasta el parque Independencia.

Si logras salvarte del chofer -con o sin música, con o sin conversación a millón- entonces tendrás que enfrentarte al hecho -dicho de manera bien kantiana- “auto en sí”. ¿Andan bien las puertas y ventanas? ¿Se te quedará la manigueta en la mano luego de que trates de bajar la ventana? ¿Le desconchabarás (¿está bien escrito este verbo, doña Lourdes de Cuellos?) la puerta al chofer?

Hay puerta siempre habrá tapones, con eso descuídate- entonces tendrás que asumir esos diálogos, los más exquisitos que podrás imaginarte.

Hablarás sobre Dios y el mundo, oirás las sugerencias más inteligentes al dirigente del Licey o al de los Indios del Cleveland, verás cómo en realidad se puede resolver el problema con los haitianos o con el sida o con el Doctor que se mantiene como Johnny Walker o el lío ese de los maestros que no se acaba exigiendo mejoría o el del presidente jugando basketbol ¡y con zapatos puestos!, ¿y quién ha visto eso?

Te darás lo más exquisito del florilegio dominicano. “Mami, tienes un chasis mejor que un chévrolet” le gritará el chofer a una mulatona grecorromana que estará en la esquina de la Duarte con París, no importando los decibeles a millón, entiéndase, todas las bocinas al unísino, como anunciando la llegada de Nuestr Señor desde milenios tan esperada, caramba.

Y cuál es tu mente, chofer. ¿Y cuál es la tuya, gevito?, me responde. Hay una tipa que está acercándose, bien post-moderna la pobre, como en un paquito de Flash o del Capitán América, así con sus lentes que más lo utilizaría para jugar basquetbol en la NbA, porque son esos lentes bien pegados a la cara. La tipa viene y está abriendo la puerta del carro público cuando se da cuenta de que el chofer tiene exactamente sus mismos lentes, y lógicamente tiene que echar para atrás, porque eso, más que un bulto, sería un bufeo-búmerang contra ella, contra sus lentes, contra su dignidad. Muy bien que no se montara, porque la amiga tan gordita que era, entonces me hubiese estrujado los jeans que llevaba puesto para ir a tremenda función en el Teatro Nacional.

Sí, y cuál es tu mente, chofer. ¿Este carro va a Metaldom o a la Feria? Ubícase compadre. ¿Esto no va más rápido? Yo creo que antes de este carro con seguridad que manejabas uno de Funeraria. Pero el chofer no cojerá la cuerda. El está lo suficiente limado en su paciencia ya búdica, ya maestro Zen. El chofer sólo cojerá la cuerda si es que el calor es demasiado evidente, si es que más de uno exige y el tapón y las bocinas y mejor apéense porque al carro se le reventaron un par de pistones, fíjese, que tiene tan mala suerte,como diría la Gabi, que hasta se quiere quedar parado un rato y al tiro que viene un perro y quiere apoyar una de sus paticas para orinarle. ¡Dios mío, esto si es grande!

Pero el chofer seguirá ahí, lo mismo que su carro público, garantizándonos el mejor bloque de hielo de la dominicanidad, oxigenándonos después de haber leído algún periódico con su paquete de profetas y faranduleros grises.

El carro público seguirá ahí, perenne, como el obelisco, como el malecón, -quería decir decir como las palmas del malecón, pero esas se están cayendo-, como la patria misma, como la bandera, “más arriba, mucho más..”

El carro público será el país, y como tal será definido por una de esas frases-puñales que nos muestran toda la carne de la patria: “Un carro público -yo le agregaría “como el país mismo”- es una cosa siempre mal parqueada”.

Y ahora dejo este artículo, porque tengo que bajar por la Dr. Delgado, y de aquí allá se dura uno bastante tiempo.

 

 

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