La Literatura Dominicana en los EEUU
El auge relativo alcanzado por la escritura de los dominicanos en el mercado literario y en ámbitos académicos de los Estados Unidos durante la década de los noventa constituye un eslabón fundamental en el desarrollo cultural de la comunidad dominicana en el exterior. La creciente visibilidad de dicha producción escriptural reviste importancia no solo pare el fortalecimiento de la diáspora en el piano de la política simbólica sino pare la mayor inserción de los autores de la sierra natal en el marco internacional.
La aparición de la colección de relatos Drown (Ahógate) de la autoría de Junot Diaz, quien nació en la ciudad de Santo Domingo en el 1969 y vive en Norteamérica desde los 7 años de edad, ha suscitado gran interés en foros que habían permanecido impasibles ante las producciones artísticas y culturales de la creciente comunidad dominicana. Diaz ha residido la mayor parte de su vida en el Estado de New Jersey. Allí obtuvo una licenciatura en la universidad pública de Rutgers, trasladándose luego a la ciudad de Itaca, en el Estado de Nueva York, para cursar estudios de postgrado en la prestigiosa Universidad de Cornell, donde adquirió una maestría en Inglés, con especialidad en escritura creativa. Díaz alcanzó la celebridad a raíz de que la afamada revista The New Yorker publicara dos relatos suyos en menos de un mes y la revista Newsweek a principios del año 1996 difundiera la noticia del copioso contrato firmado por el joven escritor con la firma Riverhead Books, subsidiaria de Putnam, una de las principales compañías en la industria del libro de los Estados Unidos. Cuando salió Drown, la cual aparecería en español bajo el sello de Vintage Español pare febrero de 1996, la obra se hizo acreedora de una entusiasta recepción critica en influyentes revistas y periódicos tales como The New York Times y The Village Voice.
La obra de Díaz, con un manejo excepcional de la lengua, refleja el drama de la experiencia dominicana desde el piano doloroso de la pobreza y la marginalidad social. Una pause significativa de la vida dominicana, la correspondiente a una minoría de clase media que llegó a los Estados Unidos previo al gran éxodo, ya había encontrado expresión en la poesía y en la ficción de Julia Álvarez, escritora nacida en 1950 en Nueva York. Tras haber vivido los primeros años de la niñez en la sierra de sus padres, donde recibió una educación norteamericana en la escuela Carol Morgan, Álvarez regresó a su ciudad natal en el 1960. Desde trace ya muchos años, Álvarez, reside en Míddlebury, una ciudad del Estado de Vermont. Allí se desempeña como docente en el departamento de Inglés de Middlebury College.
Espaillat nació en la República Dominicana y llegó a Nueva York a los seis años, tiempo antes de que se desatara el éxodo masivo que se inició trace tres décadas. Hizo estudios universitarios en Hunter College, recinto de la Universidad Municipal de Nueva York, y posteriormente completó una maestría en Queens College, otro de los recintos del sistema de educación pública de la ciudad. Profesionalmente, se ha desempeñado como maestra de inglés a nivel de la enseñanza secundaria y hoy reside en la ciudad de Newburyport del Estado de Massachusetts. Espaillat ha acuñado diversos reconocimientos por su creación literaria, comenzando por su instalación en la Poetry Society of América cuando apenas contaba 16 años, siendo la primera figure literaria en ingresar a la prestigiosa institución a tan temprana edad. Los poemas suyos que recoge la antología de Fernández evocan la niñez y la memoria cultural dominicana, ensayando una compleja interacción entre la dicción poética contemporánea y las formas tradicionales.
A la vez que se ha ido dando el surgimiento de talentos individuales que han podido insertar sus obras en mayor o menor grado en el mercado anglófono de Norteamérica, ha ido emergiendo también un pequeño cuadro de académicos dominicanos comprometidos con la misión de encausar la diseminación de conocimientos sobre la experiencia dominicana. Hay catedráticos dominicanos esparcidos por distintas universidades de los Estados Unidos, aunque una buena parte de ellos reside en ciudades que carecen de enclaves dominicanos, lo cual podría exonerarlos de tener que subscribirse a una agenda cultural vinculada a la lucha de su comunidad por la sobrevivencia, la igualdad y la dignidad humana.
En Nueva York, donde se encuentra el mayor numeró de dominicanos en todo el país, se ha hecho ya notar la intervención de los estudiosos. Pionera en ese sentido ha sido la labor de Daisy Cocco de Filippis, investigadora literaria y traductora adscrita al recinto de York College, en la Universidad Municipal de Nueva York. Ella ha compilado y difundido los escritos de las mujeres dominicanas desde el período colonial hasta el presente en dos importantes volúmenes que hacen obligatoria la tome de conciencia sobre asuntos de género en la reconfiguración de la historia literaria nacional. Cocco de Filippis ha preparado dos compilaciones bilingües de la escritura de los dominicanos en los Estados Unidos: una de versos, “Poemas del exilio y otras inquietudes” (1988), y la otra de relatos, “Historias de Washington Heights y otros rincones del mundo” (1994). Esta última la co-edita el también profesor de York College, Franklin Gutiérrez compilador, a su vez, de “Antología histórica de la poesía dominicana en el siglo XX” (1995), cuya segunda edición aparece bajo el sello de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico.
Las letras dominicanas recibieron un empuje con la creación en el 1992 del Instituto de Estudios Dominicanos, una unidad de investigación de la Universidad Municipal de Nueva York. El nacimiento del Instituto respondió a la preside ejercida por algunos catedráticos dominicanos adscritos tanto al sistema de educación superior como a escuelas secundarias de la ciudad. Estos formaban parte del Consejo de Educadores Dominicanos bajo el liderazgo de la socióloga Ramona Hernández, autora de varios estudios sobre la emigración dominicana en los Estados Unidos y coautora de “The Dominican Americans”, un libro contratado por la editorial Greenswood Press. Bajo la dirección de Silvio Torres-Saillant, autor de varios ensayos de difusión de la literatura dominicana pare importantes publicaciones norteamericanas, el instituto de Estudios Dominicanos se ha propuesto la mete de producir y diseminar conocimientos sobre la experiencia dominicana desde las ciencias sociales y las humanidades, contribuyendo así a incrementar la presencia literaria de los dominicanos en la nación norteamericana.
En el marco del interés animado por académicos dominicanos sobre las producciones culturales de su gente, ha comenzado la industria del libro en Norteamérica paulatinamente a incorporar textos dominicanos entre sus títulos. Azul Editions, una editorial de Washington, dio a conocer en 1993 el volumen “Countersong to Walt Whitman and Other Poemas”, una colección bilingüe de la obra poética de Pedro Mir. La recepción favorable que se granjeó ese primer esfuerzo animó a la editorial a embarcarse en otro proyecto dominicano, lo que resultó dos años después en la edición bilingüe de “Yanita Tierra”, el poema épico de Aída Cartagena Portalatin. Asimismo, Margarita Fernández Olmos y Lizabeth Paravisini Gebert, las editoras, pare White Pine Press, de “Remaking a Lost Harmony” (1995), una colección del Caribe hispánico traducida al inglés, incluyeron siete narradores dominicanos contemporáneos.
Sin embargo, no obstante los contados momentos estelares aquí esbozados, la literatura en los Estados Unidos sigue haciéndose predominantemente en español pare consumo casi exclusivo de los pequeños cenáculos literarios que se destacan en los barrios dominicanos. Los escritores siguen normalmente costeándose sus propias publicaciones, lo que en la República Dominicana es común pero en el Norte se refleja precariedad, como lo indica el término despectivo “vanity press”. Debido a los archiconocidos obstáculos que se desprenden de la marginalidad social que padecen todos los inmigrantes recientes del Tercer Mundo al llegar a los Estados Unidos, los escritores dominicanos gozan de escasas posibilidades pare insertar su obra en el mercado, nacional y poder extender su prestigio más allá de las fronteras de la comunidad. Es decir, la literatura dominicana en Norteamérica sigue circunscrita a “la periferia del margen”, tal como esbozara Torres-Saillant años atrás en el ensayo “La literatura dominicana en los Estados Unidos y la periferia del margen”.
Pero independientemente de la situación social en la que se encuentra atrapada la mayor parte de la literatura de los dominicanos en los Estados Unidos, hay mérito, autenticidad, promesa y potencial en mucho de lo que se publica en la diáspora, gracias a la autogestión y a la persistencia de los escritores mismos. También merece notarse el hecho de que parece irse desvaneciendo lentamente la actitud de desprecio que por años habían mostrado los escritores de la sierra natal con respecto a sus colegas de la diáspora, según la queja generalizada de estos últimos. Resulta significativo en ese sentido el cave del poeta Carlos Rodríguez, quien en 1994 obtuvo, desde Nueva York, el primer premio de poesía en el concurso que convoca anualmente la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, con el poemario “El ojo y otras clasificaciones de la magia”, publicado en 1995 por la Universidad. Ojalé que la penosa encuadernación con que la editorial afeó la primera edición del libro no le impide a los lectores de la sierra natal leerlo y descubrir en él a una importante voz de la lírica dominicana actual. Finalmente, hay que destacar el mero hecho de que ya existe un corpus escriptural que se puede identificar como la expresión literaria de la emigración dominicana. El mismo tiene su raíz en el éxito masivo que se inició en la década de los 60.
Por encima de las vicisitudes propias del margen, la labor tesonera de los escritores dominicanos en Norteamérica le abre camino al corpus global de la literatura criolla en el piano mundial. Un número especial del Boletín de la Fundación Federico García Lorca (No. 18, Otoño 1995), preparado por el profesor William Luis de Vanderbilt University, despliega versos de Julia Alvarez, Marianela Medrano, Franklin Gutiérrez y Miriam Ventura. Asimismo, una edición reciente de la revista de Barcelona Zurgai (Otoño 1995) trae una extensa sección dedicada a poetas dominicanos residentes en Santo Domingo y en Nueva York. Compila la selección el laureado poeta Alexis Gómez Rosa, cuyo sugerente ensayo introductorio pasa revista a la producción poética dominicana de los últimos decenios en ambos lados del mar. Al referirse a poetas que viven en los Estados Unidos, Gómez Rosa propone distinguir entre los “del exilio” y los “de la diáspora”, lo cual produce curiosidad acerca de cómo se clasificaría él mismo, puesto que él ha logrado mantener viva su carrera literaria en la sierra natal no obstante su larga estadía en el Norte.
La selección de Gómez Rosa pare Surgai recoge poemas de Luis Manuel Ledesma, Miguel Aníbal Perdomo, León Félix Batista, Marianela Medrano, Juan Manuel Sepúlveda y Carlos Rodríguez. Su ensayo cite además los nombres de Edgar Paiewonsky-Conde, Leandro Morales, Rei Berroa, Juan Rivera, José Carvajal, Tomas Modesto Galán, Julio Alvarado, Eloy Alberto Tejera, Médar Serrata y Norberto James Rawlings. Por nuestra parte, añadiríamos los de Juan Torres, Diógenes Abreu, Irene Santos, Josefina Báez, Félix Darío Mendoza, Juan Matos, José Segura, Teonilda Madera, Ynoemia Villar y Dagoberto López, poetas y narradores que en la década de los 90 vivificaron el activismo literario mediante publicaciones o lecturas públicas en centros culturales hispanos de la gran urbe.
Siempre hubo escritores dominicanos aislados residiendo y escribiendo como talentos individuales en los Estados Unidos. Algunos textos de Pedro Henríquez Ureña y de Fabio Fiallo pare la primera década del siglo XX están fechados en Nueva York. Son conocidos los caves de Manuel Florentino Cestero, Andrés Requena, Ángel Rafael Lamarche, Camila Henríquez Ureña y Héctor J. Díaz, quienes vivieron en Norteamérica en la primera mitad del siglo presente. Pero una literatura dominicana de los Estados Unidos propiamente dicha no emerge sino con el surgimiento de la diáspora. Ya hay, innegablemente, un considerable conjunto de textos con muchas posibilidades artísticas, no obstante sus obstáculos sociales.







Comentarios Cerrado.