La Amputación

Rincón Dominicano 2 octubre, 2011
La Amputación

La Amputación

Dr. Vicente Correa

Nota: Todo sanjuanero sabrá el nombre real del ortopedista en cuestión.

Esta es la historia del doctor Pedro Páez, Ortopedista de los muy buenos; también es la historia mía, esa noche de borracheras, bailes, música y…la cirugía.

Es bueno señalar que este no es un relato de macondo ni de las mil y una noche; esa increíble noche ocurrió hace 18 años en San Juan de la Maguana.

Tampoco está demás apuntalar que, campo adentro, lejos del raciocinio y la frontera del bien y el mal…!todo se vale!, y más, cuando el alcohol está medio a medio, atravesado en los cerebros.

Siempre que pienso en el doctor Pedro Páez, se asoma a mi recuerdo esa noche atípica y aberrante.

Es viernes temprano de la noche. La reunión en la regional se había cambiado de fecha; habitualmente se realizan los miércoles, pero en esa semana, no sé por qué, se trasladó para el viernes. Habíamos terminado a las seis y algo de la tarde, y ya adentrándose la noche, decidimos irnos al Tupinamba Bar.

-!Calembo, ponte a un lado que llegaron los médicos!

Así le decía Amarilis, la mesera, a un semihumano que siempre pululaba temprano en el Tupinamba, y que siempre bebía a costa de los demás. Calembo, sin embargo era útil en el sentido del servicio; hacía mandados, cuidaba motocicletas (principalmente la mía) y lavaba vehículos en las aceras.

En la cara opuesta de la misma moneda, otro personaje que también pululaba en el Tupinamba, pero desde otra vertiente y siempre en horas mas avanzadas de la noche, mejor vestido, con dinero y carro: el doctor Pedro Páez. La diferencia entre ambos, aparte del título de médico y el estatus social, era que el doctor Páez, cuando el alcohol se le subía a la azotea, se tornaba mas dañino y letal que el pobre Calembo.

El doctor Pedro Páez, de unos 50 años en aquel entonces, era un gran Ortopedista-Traumatólogo; debo testimoniar el eterno agradecimiento que le guardo. Lo poco o mucho que sé de Ortopedia se lo debo a él; me enseñó a inyectar cortisona en múltiples articulaciones. Gracias a él pude aprender a drenar abscesos articulares, a poner yesos, a reducir esguinces…y a beber ron.

Además, por el aprecio que ambos nos profesábamos, ocurrió lo que ocurrió aquella noche.

Es necesario destacar otros aspectos de este extraño médico; esto así, porque el doctor Páez no era de término medio en nada, como médico era excelente, muy capacitado, con una soberbia base académica, (cosa rara en los médicos del campo) y una vocación como pocas veces he visto en otros médicos. No había día en que no recibiera un presente de uno que otro paciente.

Ahora bien, el otro extremo: La bebida y las mujeres; no sé en cual de los dos aspectos era mas nocivo. El ron Siboney “casco rojo” y las niñas de 17 a 20 años eran su debilidad. No había barrio, municipio, sección o paraje donde no tuviera una mujer joven; sus problemas con el alcohol eran harto conocidos. Era una delicia para él provocar líos en los centros de bailes. Cuando se emborrachaba, la gente empezaba a abandonar el lugar pues el
pleito con alguien era seguro.

En una ocasión tuve que defenderlo de una jauría de elementos que casi lo iban a linchar, por agarrarle la nalga a una mujer ajena; le serví de escudo y tuve que repartir varios sillazos y recibir otros tantos.

-!Coño!, me gusta beber con el astronauta…no le tiene miedo a nadie!

Cosa rara, en su estado normal me llamaba doctor Correa; borracho me decía “El astronauta”. No había forma de corregirlo; desde la primera vez que me vio en la motocicleta, rumbo a Santo Domingo, con botas y Jeans, un yaque, un cinturón ancho y un casco lumínico, se le ocurrió que yo era un astronauta.

Pero es de la noche aquella de les voy a hablar, aquella noche en que ambos bebíamos en el Tupinamba Bar, junto con los médicos pasantes y en medio de una fiesta con orquesta, perico ripiao’ y parrilladas.

La noche es espléndida y perfecta, muy divertida; !tenía que serlo! unos nueve médicos compartiendo bailes, charlas, alcohol, y saludos de uno que otro parroquiano. La Vitrina está en su punto. (”La Vitrina” es el otro nombre del Tupinamba bar, pues desde la calle se ve todo lo que pasa adentro; no hay forma de usted estar en ese sitio sin que desde fuera lo vean).

Son las diez de la noche. Hace su entrada quien no debe faltar: el doctor Pedro Páez, el ortopedista del hospital; se percata de la presencia de nosotros y enseguida llama a Calembo.

-Rápido, Ponme una silla en esa mesa…

No necesita que se le invite, pues con invitación o sin ella, como quiera va a beber ahí, en el centro de la mesa. Le da algo de dinero a Calembo y al rato ya está comandando el pelotón de médicos.

-!Amarilis trae un casco rojo!

Páez no acepta beber si no es con su dinero; no bebe Whiski ni ginebra ni otra cosa que no sea Siboney, pero el del casco rojo. Al poco rato ya está baboso y me está llamando por el otro nombre.

-!Astronauta no te me quites de al lado!

Lo que más me gustaba de él era verle bailar el danzón ”La bella Cubana”. Era un taco bailando, y mientras mas borracho, mejor bailaba.

A las once de la noche, ya la mayoría de los médicos se habían retirado.

Es cuando ocurre la llamada del hospital… e inicio de mi tormento.

En el hospital saben perfectamente dónde llamar al doctor Páez en los casos que se le requiera. A esa hora, y siendo viernes, no había otro sitio que no fuera en ”La vitrina” para llamarlo.

-Doctor Páez lo llaman desde el Hospital…

Es Amarilis quien le avisa; el doctor Páez está más borracho que una uva.

-Astronauta, ve a ver qué es lo que quieren…

Entonces voy al teléfono, que está situado al lado del bartender; han llevado al hospital a un haitiano con una pierna en estado de casi descomposición, gangrenada. Varios días atrás se había batido en una riña a machetazos con otro haitiano al que finalmente logró darle muerte; como resultado del pleito quedó herido en varias partes del cuerpo, siendo el tercio inferior de la pierna y pie derechos los que mayores embates machetiles recibieron.

Los haitianos en el manejo del machete son verdaderamente temerarios; las heridas que se producen en pleitos son mortales por necesidad. He visto cabezas rodar de un solo golpe al machete, o miembros caer de un solo tajo; son groseras esas heridas.

El doctor Páez siempre me decía que los haitianos no resuelven problemas, sino…que los eliminan.

-Vamos para el hospital, astronauta…- baboseó Páez

En realidad a mí no me correspondía ir al hospital pues ya no laboraba en el, sino en Juan De Herrera; pero de ninguna manera podía negármele al maestro Pedro Páez.

Llegamos al hospital; son las once y veinte de la noche. Reconocemos al paciente; es un haitiano de unos treinta años. Está febril y luce tóxico; la pierna luce horrible. El muy animal se había internado en los montes en su huida. Al parecer lo perseguían; había intentado curarse con plantas y raíces. En realidad se empeoró, pues las heridas se infectaron y estaban a punto de meterlo en una septicemia o infección en todo su organismo.

-Es un caso grave doctor, creo que hay que amputar esa pierna de emergencia…- se lo dije como un susurro; él casi ni cuenta se da de lo que tiene por delante.

-Vamos a cortarle esa pata ahora mismo…

Me lo dijo como si nada, como si fuera igual que tomarse un trago de agua.

-Doctor, ¿y usted va a operar en esas condiciones?

!Y claro que no podía! Con esa borrachera no hay quien opere, ni ética ni orgánicamente; entonces su respuesta me paraliza de arriba a abajo.

-Y quién te ha dicho que yo voy a operar? !Eres tú el que va a mochar esa pata!

Yo estaba medio prendío, o quizás no tanto, pero sí algo más allá de sabroso. Pero con lo que me dijo, el mundo se me vino abajo.

-Pero doctor… yo nunca he amputado un miembro…

-!Vas a aprender con ese paciente!

Y así, baboso como estaba, dio la orden.

-Melania, llama al técnico de anestesia y suban al paciente ese al quirófano!

La enfermera Melania cumplió rápidamente las órdenes y en menos de media hora estábamos en el quirófano.

Imaginen mi situación: Nunca había estado en una amputación, ni siquiera de vidente. Mis conocimientos teóricos eran similares a los conocimientos prácticos, es decir cero. Y es que los Médicos generales no salen de la universidad con un cien por ciento de conocimientos generales de medicina. Todos los médicos nos graduamos con baches o lagunas, que se llenan después… o simplemente nunca se llenan. Generalmente se hace hincapié en
lo materno infantil, gineco-obstetricia, medicina interna y emergencias generales.

-Doctor… ¿y usted no se va a cambiar de ropa?

-No astronauta! yo te dirijo desde aquí!

No sé qué me molestaba más, si mi situación de ”ortopedista” improvisado ó el mal olor de esa pierna semi podrida. Además, tener un borracho al frente… que es el que me va a guiar.

El técnico de anestesia, un viejete que debía ya estar en retiro, por suerte dio una buena raquis, o anestesia epidural.

Ya estoy lavado y vestido de cirujano, con el bisturí en las manos esperando las directrices de un borracho.

-Vas a hacer un corte en boquepeje, astronauta, debajo de la rodilla.

Un corte en boca de pez, facilita el trabajo y el posterior cierre del proceso, (claro, según leí después).

A pesar de mi situación, no me tiembla el pulso e inicio el corte; Páez inicia su monólogo.

-!así no, Astronauta, al revés!

-!eso es, sigue así!

-!No coño, no corte ahí, que te llevas la arteria.! Anjá, así…

-!Sigue Astronauta, que tú eres de los buenos! jajajajajajajaja…

Esa risa asquerosa, sin embargo, me daba ánimos.

-!Anjá, ahora corta los ligamentos y jala el hueso!

-!quita la rótula!

-!Seca el campo para que veas bien!

Sin darme cuenta estaba haciendo una obra maestra; no tenía nada de miedo y hasta llegué a pensar en hacerme cirujano.

Termino de amputar; solo me queda unir la boca de pez. Hace rato que Páez se ha quedado dormido en la silla, al frente mío.

El pobre haitiano contempló todo el proceso sin decir ni pi; solo atinaba a mirar hacia la puerta, como para ver quien entra.

Al día siguiente chequeo al haitiano; no tenía fiebre y lucía mucho mejor. No obstante se quejaba de… !dolor en la pierna derecha!

Estaba haciendo el síndrome del miembro amputado; los pacientes amputados se quejan de dolor en el miembro perdido.

El doctor Páez no fue al hospital; era sábado y además estaba resacado.

El domingo ocurre algo extraño: unos haitianos, dizque familiares del paciente solicitan su alta para llevárselo a Haití.

No hay objeción; firman un papel y se lo llevan. Uno de ellos es amigo del paciente y le convence del traslado.

Tres días después oigo el noticiario de Radio San Juan; entre otras noticias dan una que me alarma:

-”…un nacional haitiano fue encontrado muerto en un barranco próximo al municipio de El LLano, de la provincia fronteriza Elías Piña; era un señor de unos treinta años de edad y a quien le faltaba una pierna…”

Las palabras del doctor Páez me llegaron a la mente. ”…los haitianos no resuelven problemas… los eliminan”

Entonces sentí que había trabajado en balde, y que el doctor Páez desperdició su rica borrachera… atendiendo a un muerto.

 

 

 

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