José el carpetoso
O la historia de un absurdo
Dr. Vicente Correa
Yo tenía alrededor de ocho o nueve años de edad cuando me deleitaba observando a José el carpetoso mientras jugaba pelota en las calles del barrio. Para ese entonces José tenía unos catorce o quince años de edad y poseía excelentes condiciones físicas para ser un gran atleta. Era un trigueño espigado y muy rápido cuando jugaba béisbol callejero; tenía buen choque de bola y velocidad meteórica al correr las bases.
Su agilidad, la forma de batear y el hecho de ser zurdo, hacía recordar al gran jugador de esa época, Mateo Alou, quien ganó un campeonato de bateo en las grandes ligas y quien, además, en nuestro país jugaba con los Leones del Escogido, mi equipo preferido de béisbol.
El carpetoso agregaba otras características a su persona: su carácter alegre y lo bien que bailaba; además era muy necio y ocurrente, de ahí su mote de carpetoso. En la escuela era el mismo carpetoso que en la calle.
A mi escasa edad, y lejos de pensar que un día me iba a hacer médico, jamás podía entender el absurdo destino tejido alrededor de José el carpetoso; sólo percibía el gozo que me daba verlo jugar pelota, con su elegante estampa atlética.
Quizá mi admiración por José el Carpetoso provenía, además, por el cariño que le profesaba a mis padres, Chicho y Ramona, y sobre todo, a mi en particular; a veces me cargaba…
-Ramona me llevo a Arturito pal polo a jugar pelota.- entonces me sentía bien con los mimos del carpetoso. Solo él y Ramona me llamaban Arturito.
El polo era un inmenso terreno en el centro del antiguo hipódromo Perla Antillana; allí cabían como diez cuadros de jugar béisbol. Un excelente terreno para la práctica de cualquier deporte. Sin embargo era un béisbol callejero el que se jugaba en ese sitio, es decir, un béisbol con poca o ninguna instrucción, casi igual que el de las calles del barrio. En el polo convergían los tígueres del barrio: desde el más serio hasta el más perverso; niños y adultos, chulos y maricones, católicos y evangélicos, calieses, policías y guardias; en fin, todo tipo de gente iba al polo, hubiera o no carreras de caballos. Ese lugar era tan extenso, que cada quien buscaba su espacio sin tener que juntarse con aquellos tipos.
No supe de dónde salió la condena de José el carpetoso, pues siendo un muchacho fue sentenciado a morir del corazón…a los 18 años. Tampoco supe la cusa por la que fue llevado al médico pues nunca dio muestras de estar enfermo. El caso es que le realizaron una radiografía de tórax y en ella se observaba un corazón grande, y si tenía el corazón grande no iba a durar mucho.
Hoy, a unos treinta años de aquella época, y siendo médico, nunca conocí de dónde salió que el carpetoso no pasaría de los 18 años; Nunca he sabido el nombre de la clínica ó el hospital de donde salió ese diagnóstico tan sombrío. Sé que un médico hizo el señalamiento, pero nunca se dijo el centro de salud.
La situación del carpetoso no constituyó una noticia; constituyó más bien un rumor, y como rumor se propagó por todo el barrio.
-Pobre carpetoso, no pasa de los 18 años…- fue el lamento que empezó a circular y que en pocos días se asumió como toda una desgarradora realidad.
A mi escasa edad no podía entender los detalles, solo sabía que el carpetoso se iba a morir a los 18 años de edad. Desde entonces le empecé a tomar lástima; pero no solo yo: todo el mundo le empezó a tomar lástima a José el carpetoso, lo recuerdo perfectamente, todo el mundo.
Recuerdo, además, que otros muchachos de mi edad también lo lamentaba, como el caso del gambao, un jovencito de raras características: tenía las piernas arqueadas y un bimbín larguísimo, tan largo ese pene, que en una ocasión se lo machucó con una piedra cuando majábamos almendras. Los gritos se oyeron en el cielo y hubo que llevarlo al hospital de seguro, a curarlo y sondearlo para que pudiera orinar.
Hasta Manolete, el hijo de Guardaviejo, hablaba con penas de José. Manolete era medio loco; le gustaba comer cosas extrañas y coloreadas, para luego irse al polo a cagar en colores. A veces provocaba un corre-corre cuando regresaba con las manos llenas de malolientes trozos azules, rojos y amarillos, además de su carcajada asquerosa.
Titingo y Pipilin, dos hermanos lisiados por la poliomielitis, también se lamentaban del carpetoso. Titingo y Pipilin se lisiaron porque el salvaje de su papá no los vacunó contra la polio cuando eran pequeños, dizque porque los médicos querían envenenarlos.
Y así…el comentario sobre la segura muerte de José el Carpetoso se regó como un rumor, no como una noticia. Todas las personas del sector se enteraron. Gente educadas y serias como doña Elba y don Fulgencio, el señor Montero y don Miliano, comentaban el caso del carpetoso. Pero eran los tígueres del barrio quienes más ensalsaban la situación de José: Bindaca, Tirco, Solero, Pichingolo, Malditamadre, el asqueroso, Mené, el hermano del gambao,, Moro, Canero, Chevecha,, Chavinito y Mañe, a quien una vez dizque le salió el diablo.
También se lamentaban Cangrejo, Dau, Cano y los hermanos macana, a los cuales recuerdo por lo perros que eran: les gustaba ver a los lisiados hermanos titingo y Pipilin caer al suelo pues les daban a oler amoníaco.
Hay algo que nunca he sabido: realmente nunca he sabido si José el carpetoso conocía lo del rumor; no puedo ser preciso, solo puedo elucubrar. El hecho de cambiar su forma de ser, me hace sospechar que él sabía que se iba a morir joven; pero al mismo tiempo, como nunca se le oyó hablar del tema, hace dudar de si realmente conocía su condena. Es costumbre vieja en nuestro país, esconderle al paciente su real enfermedad, ó por lo menos, disminuir su gravedad.
Y es cierto: a José nunca se le oyó hablar de su enfermedad; nunca hizo el más mínimo comentario. Lucía ser la única persona del ensanche La Fé en desconocer su sombría realidad. Sin embargo, algo le hizo cambiar radicalmente su vida, pues cambió el beisbol, el baile y los estudios por una nueva profesión: la de bebedor de ron.
Entonces estaría llamado a convertirse, en poco tiempo, en lo peor que le puede ocurrir a cualquier persona: en una lacra social.
Su adicción al alcohol fue una total entrega; parecía una loca carrera hasta los 18 años. José el carpetoso tomó cada día de su vida como si fuera el último de su existencia: para beber ron del malo. Beber y beber fue su única obsesión desde entonces.
Empezó a trabajar como tiramezcla, es decir, como albañil, en todo lo que fuera cemento, agua y arena. Pero el alcohol empezó a interferir con su trabajo; lo que ganaba era para beber y mal comer, hasta llegar a un punto en que no pudo seguir trabajando. Entonces bebía con el dinero de sus hermanos o algún amigo a quien le pedía. La familia al principio se preocupó para que solo bebiera en la casa, pero era imposible. Por suerte, pronto encontró un grupo de bebedores habituales y la bebedera se estableció cerca de la casa.
Pronto el alcohol hizo estragos en su anatomía. Todo rastro de atleta se extinguió. Se le olvidó bailar y hasta comer, pues apenas lo hacía. Luego largas bebentinas se quedaba dormido en cualquier sitio.
Sin darse cuenta le llegó la edad de morirse: los dieciocho años. La barriada estaba a la espectativa de su muerte segura; ya estaban preparados los pésames a los familiares, las rezadoras y las viejas lloronas. A Chochueca no le interesaba la muerte del carpetoso; este no tenía ropas ni zapatos reclamables por parte de este tenebroso personaje. Nadie sabía dónde vivía Chochueca, el caso es que siempre se aparecía en los velatorios a solicitar las ropas de los difuntos.
Pero el carpetoso ni cuenta se daba de la edad que tenía. Pasó los 18 y siguió como si nada para los 19, bebiendo y sin morirse.
Algunos se extrañaban.
-Pero bueno…¿y no se ha muerto el carpetoso?
Seguía vivo y bebiendo.
-¿que no se ha muerto el porquería ese? – era la pregunta más frecuente, y como respuesta, siempre había otra afirmación:
-Ya de este año no pasa…
Mi papá, en base a la venta de leche, logró hacer una modesta economía e hizo una casa de primera en un sector residencial de Santo Domingo, de clase relativamente alta. Con el dolor del alma y llenos de nostalgia, nos mudamos del barrio; nos separamos del ambiente que nos vio nacer y crecer. Se cortó en gran medida la relación con esos amigos de muchos años. Al principio prometimos ir al barrio todas las semanas; lo cumplimos por varios meses, pero pronto se nos hizo difícil continuar asistiendo. Crecíamos, teníamos nuevas amistades que lentamente sustituían a las antiguas. Incluso, un cierto refinamiento en nuestras costumbres tornó chocantes muchas cosas del barrio. Las palabrotas, el semidesnudarse, el béisbol callejero, los desagradables espectáculos de las prostitutas y los chulos, los sucios talleres y los borrachos, fueron quedando atrás para dar paso a los estudios universitarios y un aparente progreso, en sentido general.
Pero iba de vez en cuando por mi antigua barriada; siempre me encontraba con el carpetoso, sin morirse y con la borrachera instalada. Ya tenía alrededor de 23 años de edad, siete de los cuales, zambullidos en la piscina del alcohol.
Ocurrió algo que alteró la vida del carpetoso: la familia se mudó bastante lejos, prácticamente en el otro extremo de la ciudad. Pero, como perro huevero, seguía bebiendo en el barrio. Ahora pedía para beber y para el pasaje del autobús.
Según supe, muchas veces llegaba dormido a la última parada del bus, por suerte, cerca de la casa; lo despertaban y como un autómata llegaba a su casa.
Pasaron los años, me hice bachiller, fui profesor de secundaria, ingresé en la facultad de medicina de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y me gradué de médico en 1982. Hice pasantía de ley en la provincia sureña San Juan de la Maguana y posteriormente inicié la residencia de medicina interna; tres años más tarde la de cardiología. Me recibí de cardiólogo en 1990.
Las cosas de la vida son extrañas, súper extrañas. Las premoniciones y el destino a veces se entrecruzan y toman forma real, aunque no sea muy dado a creer en ellos.
Para el año 1996 fui designado como director del hospital Engombe, en la zona occidental de Santo Domingo. Tenía alrededor de diez años sin saber del carpetoso; ya ni me acordaba de él.
Una mañana de febrero del 2000, mi secretaria en el hospital me avisa de la presencia de un señor de muy mal aspecto, buscándome. No precisaba bien mi nombre.
-Doctor, yo creo que es a usted, a quien él busca.
-¿por quién pregunta?
-Por Arturito, el hijo de Ramona y Chicho…
-!coño, ese es José el carpetoso, dile que entre!
!Estaba vivo el carpetoso!, increíble; no había forma de entender cómo una persona malcomiendo y bebiendo ron malo podía estar vivo, o dizque vivo, pues lucía un desastre.
-Arturito, Arturito…
Con el tufo a alcohol, los ojos llorosos y baboso como un molondrón, me abrazaba y besuqueaba…y hasta intentó levantarme…para llevarme al polo a jugar pelota. No había una sola gota de juicio en esa cabeza; sin embargo, dentro de su atolondrado cerebro había un pequeño rincón de cariño hacia mi, una evocación de aquellos años de la infancia.
Solo pude decirle que Ramona estaba viva y que Chicho tenía once años enterrado en el cementerio de Manoguayabo. Le dí cien pesos para que beba bien ese dia.
La sorpresa la recibí varias semanas después.
El carpetoso había fallecido en el autobús que lo llevaba a su casa. Había sido el primer pasajero en abordarlo. Al llegar a su destino, el conductor lo zarandeaba para que se despertara, como de costumbre. Al notar la rigidez cadavérica dio la voz de alarma.. El bus se había llenado de pasajeros varias veces, y ninguno se dio cuenta de que andaban calle arriba y calle abajo con un cadáver.
La autopsia, en patología forense, reportó:
Miocardiopatía alcohólica.
!Coño!, no se evidenció ninguna enfermedad congénita ni reumática en su corazón, solo daño por la ingesta de alcohol. Tenía unos 48 años de edad.
Yo maldije mil veces al estúpido médico que hizo el el diagnóstico a los 15 años del carpetoso.
No entendió que José el carpetoso no tenía ningún corazón grande en aquel entonces, sino, un corazón de atleta, de súper atleta, como lo tiene Sammy Sosa, Alex Rodríguez, Chaq O neal, Romario, o cualquier deportista joven, de alta competición. Son corazones de atletas, que aparentan ser grandes, en una radiografía de tórax.
Entonces se me aclaró toda la vida del carpetoso, trunchada por un mal diagnóstico. Bebió porque en realidad creía que cada dia era el último de su vida.
Por eso, a los médicos jóvenes les aconsejo tener prudencia a la hora de dar un diagnóstico sombrío.
Por suerte, el carpetoso murió cuando le dio la gana, 30 años después.
Como médico al fin que soy, es mi deber pedirte perdón, carpetoso, dondequiera que estés.




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