Aunque tiene su sede en la comunidad de El llano, Elías Piña, el
Portón, Oliver, Guaba, El Cercado y Galindo, el Jueves Santo por la tardecita,
cuando se está ocultando el sol, en los patios y frentes de las casas, emerge,
entre siluetas, la figura de una máscara, que con ojos de asombro, de temor, los
niños miran asustados.
Son las “Mascaras de Diablo”, o “carátulas”, que clandestinamente han sido
elaboradas, tomando como base, cartón corrugado, el cual se le agregan plumas,
pelos de cerdos, cadillos, algodón, guata y guajaca. Estas son adornadas con
cinta roja de lo Petró.
Al otro día tempranito, Viernes Santo los jóvenes se van al monte, se
intercambian las máscaras, y con pantalón de hombre, vestido de mujer y medias,
utilizadas como guantes, con un “fuete” en la mano salen por los caminos y
poblados a perseguir y meterle miedo a los niños, mientras foetean a los
grandes.
Su disfraz no permitirá que pueda ser reconocida la persona que lleva esta
máscara, la cual fingirá su voz incluso no hablando casi nunca, ya que de
acuerdo con su tradición, si alguien lo reconoce y le menciona su nombre, cuando
muera, no le verá la cara a Dios, se irá para el infierno. Recuerdo que en una
oportunidad cuando uno de estos diablos nos ofreció su máscara, para
entregárnosla tuvimos que llevarlo en el carro a más de un kilómetro del poblado
de El Llano. Este, nervioso, se la quitó mirando para todos lados, internándose
apresuradamente en los montes para que nadie pudiera reconocerlo.
Aunque antes no podían hacerlo, hoy estas máscaras llegan al pueblo de Elías
Piña, constituyendo uno de los espectáculos más hermosos del folklore
dominicano, paradójicamente, no valorizadas como orgullo e identidad por parte
de la “gente importante” de esta ciudad.
El Sábado Santo, de acuerdo con la tradición estas máscaras son llevadas al
monte, se le pega fuego y posteriormente sus cenizas son regadas en los
sembrados como parte de un culto a la fertilidad agrícola. En este ritual,
simbólicamente muere el diablo y sus cenizas se convierten en fuente de vida, de
reproducción y de bien.
Durante años, hemos incursionado en las comunidades de Haití y nunca hemos
encontrado allí estas máscaras y este ritual, lo cual le da una identificación
particular propia a Elías Piña, de lo que deben sentirse orgullosos como obras
artísticas artesanales y bellas expresiones de su cultura popular.