¿Tiene que anunciarse a Cristo a bocinazos?
Miguel D. Mena
Entre los 10 y los 13 años fue un evanglélico de los que hoy en día podrían considerare fundamentalistas.
Iba al culto todas las noches, los fines de semana asistía puntualmente a la Escuela Dominical, e incluso, llegué a dar clases de la Biblia todos los domingos,de manera ininterrumpida, durante los últimos dos años.
Vivía entonces con el serio temor de la llegada de Jesús, y por eso me la pasaba predicando en los carros públicos y en mi familia -no en la escuela, porque esta era católico y además, mis compañeros eran muy cuerderos…
A veces duraba hasta dos horas hincado, pidiéndole al Señor que salvara a todo el mundo -y sobre todo a mí.
Lo fuerte eran las campañas evangelísticas. Por lo general duraban una semana. El predicador, puertorriqueño generalmente, o tenía la facultad de sanar -muchas veces era tal el convencimiento, que eso funcionaba- o era un claro ejemplo de cómo el Señor salvaba de la delincuencia o las drogas.
En cierta ocasión el predicador estaba en sus buenas, hablando del Apocalipsis, cuando me llamó, junto a dos compañeritos, al púlpito, porque en ese instante el Espíritu Santo le había dicho que nosotros también habríamos de ser predicadores…
Desde entonces me creí con el deber de salvar al mundo, hasta que un accidente automovilístico y una canción de esas llamadas “nuevas” me convencieron de lo contrario. En la esquina Dr.Betances con Francisco Henríquez -hablo del barrio de Villa Francisca-, una abuela con su nieto había sido mortalmente atropellada. Entonces pensé que cómo podían ser salvadas esas personas, ya que no existía eso de purgatorio, cuando no habían tenido el chance de arrepentirse. La canción que oí fue aquella de “no basta con rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.
Comencé a elucubrar, a preocuparme seriamente, mirando todas las noches las estrellas, buscando una respuesta, preguntándome por qué ver televisión era malo, etc., hasta que un buen día decidí no volver más a la iglesia.
Traigo toda esto a la memoria porque me ha tocado “verme” en estos días de estancia en Santo Domingo. Evangélicos, sé que de buena fe, en carros públicos, a través de bocinas con los decibles más insoportables, han estado tratando de convencerme de que me arrepienta, que cristo viene. Me han dado folletos, me han dicho que mis pecados sólo serán lavados si acepto al Señor, etc.
En El Conde me pasó algo simpático. Visitaba a mi amiga Merche en su negocio de encajes, cuando oigo por un altoparlante a un señor predicando a todo volumen. Trato de acercármele y conversar, pero él me da la espalda insistentemente. Lo sigo, poniéndome en onda de happening, pero nada. Ya el coro se ha formado con unos cuantos gevitos alrededor, cuando hago mi último intento, porque alguien me está esperando en la otra esquina. El hermano me reprende, en inglés, me dice, “diablo, aléjate”, tengo el temor de que me haga lo que yo hacía antes, ponerle la mano en la cabeza a los mismos muchachitos que me bufeaban a mí entonces. Pero no, el hermano está bien concentrado preparando el arribo del Señor y bateando con todos los latigazos posibles cualquier entrada subrepticia del demonio, es decir, mis consejos de que respetara a la gente que no deseaba oir eso tan alto. El hermano se fue por una esquina y yo por la otra. (Una pena que por mi tardanza ya nadie me esperara, pero qué le vamos ha hacer..).
Ahora se habla de las sectas porque, dentro de la crisis generalizada en la que vivimos, la carencia de una fe es lo más golpeante.
La gente le está huyendo a algo porque cree que está en búsqueda. Las sectas se van radicalizando. Jim Jones y la Iglesia del Pueblo en Guayana, los atentados en el metro de Tokio, los davidianos en Texas, son buenos ejemplos de cómo se produce la necesidad ciega de sentirse parte de una comunidad, de darle un sentido a lo social que tiene el ser humano.
Hay que respetar las creencias y las devociones, ciertamente, pero también hay que buscar el diálogo para que el sentido de respeto se mantenga.
Día por día veo imposibilitados mis deseos de siesta en mi casa de la Jerónimo de Peña -en San Carlos-, porque justamente entre 1:30 y 2 viene un platanero que no se conforma con gritar sus plátanos a pesos, sino que, entre set y set, nos anuncia la inminente llegada de Cristo. He querido aplicarle la misma fórmula que al enviado del Señor en el Conde, pero la cosa es peor, porque la bocina del platanero-embajador plenipotenciario de Cristo es más alta aún.
Me mudo o hago un lío, no sé. El problema es que los platenaros-evangélicos se están reproduciendo más rápido que los ratones. La poeta Chiqui Vicioso me informa lo mismo desde Gazcue, la tía en el barrio Las Frutas cuenta lo mismo, en Haina, San Cristóbal, Baní, Moca, la misma cosa. (Al menos en Moca los bocineros se turnan con los anunciadores de misa, entierros y velatorios, lo cual es una significativa alternativa…).
No sé si dejo de comer plátano e invito a mis amigos a semejante protesta simbólica, porque después de todo, sé que no todos los plataneros están preparando la llegada del Hijo del Señor.
Me pregunto, que si tenemos una Secretaría que no sólo es de Educación, sino también de Cultos, por qué no le mete a la situación. Quizás se podría dialogar con los diferentes pastores, explicarle el derecho que tienen los vecinos a no tener que oir todas las noches y de manera obligatoria el mensaje del Señor. Quizás la policía podría ayudar en eso, en hacer que entren las bocinas a la iglesia y que no la dejen todo el tiempo, a veces en la misma calle, como he visto en la Restauración, en la Manuel Ubaldo Gómez, y no sigo…
Si Cristo tiene que venir que venga, pero que por favor, no obliguen al resto de la humanidad a semejante espera. Además, qué mejor manera de esperarlo que en medio de un buen sueño.




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