¿Se confesó el Cura?
Dr. Vicente Correa
¿Se confesó el Cura?, ¿se azotó con un fuete o con una correa?, ¿hizo penitencias?
Hago estas preguntas porque a ese bandido lo condecoraron con una orden altísima hace pocos meses, si importar los actos de bandidajes que protagonizó en el pasado.
Corría el año de 1981. Aún no me había graduado de Médico. Estaba enamorado de San Juan de la Maguana desde aquella vez que fui a jugar béisbol con la Universidad Autónoma de Santo Domingo siendo un estudiante de medicina en 1976. En 1981 Decidí hacer el ciclo social del internado en aquella provincia sureña.
Bien… vamos al grano.
Siendo médico interno en el hospital Alejandro Cabral, a las pocas semanas del inicio del ciclo conozco al cura principal de la iglesia católica, un señor de apellido extranjero del cual no me quiero acordar. Empecé a conocer la autoridad de este sacerdote, pues por dondequiera aparecía: radio, televisión, encuentros populares, pascuas, retiros y siempre dando sermones encendidos a favor de los pobres, la justicia social, los marginados, etc… en fin un señor de mucho respeto en el pueblo. Lo que jamás imaginaría era que debajo de esa sotana había un bandido de marca mayor.
En los servicios nocturnos empecé a oír rumores de lo que hacía el cura cuando visitaba los enfermos del hospital, específicamente a las enfermas.
Al principio no hacía caso de esos rumores por dos razones: en primer lugar no soy dado a creer en rumores y mucho menos a propagarlos, y en segundo lugar menos creo en ellos cuando provienen de enfermeras, que son muy dadas al ”bochinche”, y sobre todo si son dominicanas.
Pero el ”runrún” era cada vez mas frecuente.
-El cura se propasa con las pacientes…
Esta vez lo decía Porfirio, un enfermero que era medio maricón y que al parecer yo le gustaba, pues siempre se ponía a mis órdenes en cada servicio. Además le encantaba mi forma de trabajar.
-Me gusta trabajar con Correa, no es odioso como los otros médicos. – lo decía ”partido” en mil pedazos.
El hospital abría las puertas a las visitas desde la una hasta las cuatro de la tarde. Normalmente es el horario escogido por religiosos y misioneros para llevar mensajes de solidaridad a los pacientes y a los familiares de los mismos.
Empezó a extrañarme que el cura entraba al Hospital después que se iban las visitas. Era alto, delgado y sumamente blanco. Su cabellera era blanca pero no canoso. Tenia unos cincuenta años de edad. Nunca se quitaba la sotana como hacían la mayoría de los curas cuando salían de la Iglesia. Recuerdo que tenía varias sotanas, todas muy largas y ajustadas a su larga figura. Había en él suficientes elementos para asemejarlo al Quijote de la Mancha.
En mis ratos libres comentaba con Martino Núñez, compañero, casi hermano y también médico interno, acerca de los rumores.
-Martino, ese cura está raro…
Y Martino, perro al fin, siempre me decía su lógica.
-¿Y qué tu quieres? a él se le para el bimbín igual que a ti y que a mí. -entonces estallaba con su carcajada asquerosa y puerca.
Todavía no creía en los comentarios hasta que… una tarde, estando de servicio y a los pocos minutos de terminarse la visita…
-Doctor Correa, ahí va el cura.
Era Porfirio, siempre partido en dos, quien me hablaba casi secreteándome al oído.
Entonces me dispuse a pescar al cura, a atraparlo en plena acción, a ver si era cierto lo de los rumores.
El hospital Alejandro Cabral era un hospital de pabellones y salas comunes, sin privados ni semi privados, es decir un hospital muy a la antigua, de pasillos largos y lúgubres, techos altos y de iluminación escasa. Tenía para aquel entonces alrededor de trescientas camas. Era, y sigue siendo, un hospital regional.
Exactamente, era cierto, el cura acababa de llegar y se disponía a subir los escalones para llegar a los pabellones de la segunda planta. Decido llegar primero que él a los pabellones y para tal fin subo por una rampa utilizada para subir las camillas, sillas de ruedas, camas, etc.; era una especie de ”ascensor primitivo”. Mi afán es por llegar primero que él a los pabellones y tomar un lugar estratégico para vigilarlo.
Logro mi objetivo y me ”atrinchero” al lado de una mini estación de enfermería dentro del pabellón de los hombres. Allí lo observo llegar.
El primer acto de bandidaje lo realiza en la puerta del pabellón de hombres. Es de esperar que entre y exclame palabras de bendición y solidaridad hacia aquellos infelices y pobres pacientes. No entra y desde la puerta le echa una dizque bendición a todos los pacientes masculinos, es decir ”al por mayor”. Recuerdo que ni la bendición ni la persignación fueron completas. Empezó alto y fue bajando…
-En el nombre del Padre, del Hijo…-balbuceó algo inentendible hasta completar…-!amén!
Todo esto no duró tres segundos. Incluso la señal de la cruz fue una vaina o garabato que nadie entendió.
Entonces va al pabellón del frente… !je,je!… al de las mujeres. Me muevo sin que se dé cuenta y cambio de escondite. Me sitúo en otro lugar muy próximo a las mujeres. El pabellón de mujeres queda frente al de los hombres
Observo que entra hasta el fondo. Hay como veinte mujeres entre viejas, maduras y jóvenes. Lo que veo me deja perplejo: a todas las manosea, principalmente a las jóvenes. Les soba los muslos y las nalgas dizque para ”purificarlas en el nombre del Señor”. Veo la acción y no puedo hacer nada. No hay pecado demostrable. Me siento impotente, pues sé que es un acto de lujuria encubierto en una sotana. Para confirmarme lo anterior, al salir le veo la sotana ”estericada”, es decir alterada desde la cintura hacia abajo. La erección es evidente.
La rabia que experimenté fue olímpica. Y lo peor: la impotencia. Yo, un casi médico, de 22 años, desconocido y anónimo, a casi 300 kilómetros de mi casa, no puedo echar un pleito con alguien que es una autoridad en el pueblo. Lo que empeoraba mi rabia era que ese bandido estaba propasándose con lo mas sagrado que he tenido toda mi vida de adulto: un paciente. Las ganas de romperle los dientes las rumié toda la noche. Incluso supe que las autoridades del hospital tenían cierto conocimiento de la situación y le temían al cura ese.
Pero papa Dios y el destino saben hacer sus cosas. Jamás pensé que tres días después de aquella tarde me iba a sentir tan dichoso y afortunado.
Nuevamente estoy de servicio en planta. Una bella mujer había sido internada en el pabellón de mujeres por fiebre tifoidea. Llega el susodicho padre como siempre, ensotanado y con su aspecto quijotesco. Me luce que al cura se le hace la boca agua al ver a esta hermosa mujer. No pierde tiempo y con ella es que inicia su acostumbrada labor muslo-nalguezca.
Entonces ocurre algo inesperado que me deja frío y paralizado en una sola pieza, algo que altera todo el hospital, un acto inesperado y osado de parte de la paciente, que hoy, a casi veinte años me provoca hilaridad.
Al tiempo de estar el cura manoseando a la mujer, esta se voltea hacia él, rápidamente le levanta la sotana, le agarra el pene y vocifera como una loca
-!El padre tiene el bimbín parado, lo tiene parado, coooooñoooooo!
El cura sale de prisa del pabellón, con una risa de bandido forzada en la cara.
La mujer era una prostituta de la Mesopotamia. Creo que fue internada deliberadamente para eso, pues no tenia fiebre ni tenia positivo los antígenos febriles de la Tifus.
Por mi parte, les diré que aún a la semana del episodio, yo parecía un loco pues, se me salía la risa, caminando solo por los pasillos.




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